El David y Thauma

A Miguel Ángel le interesa el hombre, pero no el hombre ondulante y diverso, sino el gigante de actitudes atormentadas que alcanza el límite de lo posible. Miguel Ángel toca el cuerpo humano como un instrumento musical del que extrae continuamente los sonidos más brillantes, más graves y estridentes, cuyos dramáticos sentimientos expresará en la escultura a través del cuerpo desnudo.

 

A Miguel Ángel le interesa el hombre, pero no el hombre ondulante y diverso, sino el gigante de actitudes atormentadas que alcanza el límite de lo posible. Miguel Ángel toca el cuerpo humano como un instrumento musical del que extrae continuamente los sonidos más brillantes, más graves y estridentes, cuyos dramáticos sentimientos expresará en la escultura a través del cuerpo desnudo. Así, el David, a diferencia de Donatello o Verrocchio, se representa como un joven desnudo con la faz de perfil, probablemente inspirado en la estatuaria clásica, cuya actitud conjuga la tensión y la concentración, preparándose para lanzar la honda. El rostro lleno de rigor expresa la “terribilitá” de Miguel Ángel. La escultura congela el tiempo, justo el instante previo a la lucha con el gigante Goliat. La dignidad trágica parece fundirse y consumir por entero la escena bíblica mediante el estilo y la proporción de la figura, pues lo que David tiene frente a sí es “lo inconmensurable” y no obstante, su mirada penetrante aunada a la fuerza expresiva del rostro, permanecen fijas en el mudo horizonte.

Lejos aun del Palazzo Vecchio la estatua persiste llena de significado. De un lado, el David es “el gigante” que a la manera de “hemitheoi” se eleva entre la masa indistinta negándose a “con-fundirse” con ella. Por otro lado, el David abre una perspectiva: no se trata del terror y la emoción que se mezclan con el devenir de la contienda; ni tampoco del descanso posterior o la incertidumbre previa; se trata simplemente de un instante, el lapso justo en que David “está ante”. La actitud de la estatua cobra sentido a través de lo que “mira” y que no es lo simplemente “ante los ojos”; no se trata de la “presencia” de Goliat sino lo que ésta “des-cubre” con su ausencia. El David “está ante” lo “indeterminado”, el “sin-sentido” que emerge y se muestra en un instante como lo que en sí mismo “Es”.

La estatua en sí misma señala, apunta en dirección hacia aquello que mira y hace presente su vacío, su silencio: el David “está ante”. El David es, en ese instante, “él mismo” mientras recibe “lo otro”. El “estar ante” nos indica una distancia que se corresponde con la discontinuidad de lo Apolíneo y sin la cual, no habría propiamente mirada sino la “in-flexión” dolorosa que huye ante el desasosiego o sucumbe entre la mezcla, el frenesí o el placer mismo de esa violencia, de ese combate, de esa lucha primordial.

La mirada del David “está ante” el abismo. Ápeiron y Peras, Dionysos y Apolo, la Tierra y el Mundo son a un tiempo lo Uno y su “Ahí”: lo Otro y el David.

Fragmento: Khaos, introducción al problema del sentido