Civilización

Es factible entonces suponer que las civilizaciones más avanzadas, en su mayoría, son predominantemente lineales y “depredadoras”. Mismo factor que las hace apreciar la “otredad” predominantemente en términos de sí mismos; de su propia supervivencia y desde luego, como “unidades potenciales de energía”. No hay en realidad motivos para pensar que lo que ha sucedido en nuestro planeta no resulte auto-similar en términos de civilización.

paintings-Caronte-greek-mythology-Jose-Benlliure-Y-Gil-_316978-38

Official LogoCientíficamente y como Michio Kaku se ha encargado de difundir, el término “civilización” refiere diferentes niveles de energía (del 1 al 3) frente a los cuales, nuestra actual “civilización” ni siquiera habría de figurar o en otras palabras, sería de “tipo cero”. Sin embargo, siguiendo con este criterio, lo más coherente sería hablar de distintos sub-niveles de civilización. Bajo dicho matiz, la nuestra no sería una civilización “tipo cero” sino tal vez, someramente dicho, un 0.3 o 0.4 pero no un cero definitivamente. Así entonces y más precisamente, se trataría de una civilización en vías de alcanzar un nivel planetario o de “tipo 1”.

Lo anterior se funda en lo que estrictamente se trata de referir con la sentencia “nivel de energía” y que resulta en realidad un nivel de aprovechamiento de la energía disponible en el universo. Así entonces y siguiendo con este modelo que la ciencia nos propone, un “nivel 1” sería una civilización capaz de aprovechar la energía disponible a nivel planetario y más precisamente, extra-planetario; correspondiente a su sistema solar, asteroides y cometas. De este modo se continúa con una visión lineal del progreso derivada de la tradición Occidental y donde, partiendo del nivel 1.1 … 1.9, dicha civilización se desarrollaría potencialmente hasta alcanzar un nivel estelar y exoestelar, luego del cual, el modelo refiere como “nivel 3” una civilización galáctica y consecuentemente, exogaláctica.

Lo interesante en todo caso y teniendo como base la experiencia de la misma criatura que pensó en este modelo -la humanidad científica-, es la manera en que este modelo se desarrolla linealmente. No sólo una civilización (un nivel de aprovechamiento de energía) puede extinguirse o estancarse en cualquier etapa, sino que la disyuntiva más evidente que se presenta es, en qué momento se avanza en la escala de aprovechamiento de la energía; es decir, ¿luego de agotar los recursos del propio “sistema” o antes de haberlo hecho? Más aún, ¿qué factores podrían motivar dicha transformación? En ambos casos lo que se amplia es el margen en la disposición de energía, lo que habla de un alcance tecnológico y una respectiva violencia en el consumo.

Se trata de un nivel de “depredación” que puede, en incalculable medida, impulsar o frenar abruptamente las expectativas de este modelo. En nuestras condiciones actuales, por ejemplo, la disposición de la energía atómica (por cierto, base del universo pero que a primera vista no aparece en dicho modelo), nos colocó al borde del desastre nuclear y el actual desarrollo económico de corte Occidental nos ha llevado a las puertas de una crisis ambiental de alcance planetario.

Asimismo, bajo otros principios económicos, de consumo y con el tiempo suficiente, una civilización podría haber alcanzado el tipo 1 sin agotar los recursos de su propio planeta pero generando igualmente ciertos desequilibrios a escala planetaria y así sucesivamente, hasta alcanzar un nivel “tipo 2” o estelar.

Un factor clave en todo caso es el tiempo y los principios del desarrollo y juntos, establecerían los límites para alcanzar una etapa. Hablemos más precisamente de una ventana de oportunidad y que tendría tanto un límite inferior (el mínimo desarrollo científico-técnico) y un límite superior que, por ejemplo, en el tránsito del nivel 1 al 2, estaría determinado por el lapso de vida de la estrella madre. Del nivel 2 al 3, el límite inferior lo establecería el tipo de estrellas de las que es posible aprovechar su energía y así sucesivamente, hasta el límite superior que constituye la duración misma del universo en un nivel de energía aprovechable.

Dicha ventana de oportunidad establece un margen de “disposición” que, casi sin excepción, nos habla de criaturas que se desarrollan bajo un sentido cósmico lineal. Se trata de una sólida directriz en donde todas las demás cosas, excepto ellos mismos, significan meramente “unidades potenciales de energía aprovechable”.

Si bien es absurdo restar la posibilidad de un desarrollo semejante a una civilización que posea un sentido “circular” de la vida o llamémosle también, un sentido “holográfico” o incluso “fractal” para seguir al menos someramente dentro de los términos de la ciencia, no podemos omitir el hecho de que sus posibilidades de alcanzar esas ventanas de oportunidad resultan significativamente más bajas que las civilizaciones con una mentalidad lineal. Si tenemos en cuenta las consecuencias de la visión lineal del progreso científico-técnico en Occidente frente al resto de las culturas y específicamente, las que comparten un sentido circular de la vida, sobra decir que en su gran mayoría esta últimas han sido fuertemente “depredadas”.

De inicio, su desarrollo no considera una disposición lineal de la energía sino el aprecio de su dinámica circular, misma que conjuga una totalidad, si bien única, paradójicamente diferencial. Para este sentido “circular”, la civilización no se pretende llanamente la disposición de unos recursos sino la integración armónica de un conjunto, lo que hace de su desarrollo, si bien cualitativamente más sustentable, al mismo tiempo, cuantitativamente menos dinámico en comparación con el modelo lineal.

En el pasado de nuestro planeta este tipo de civilizaciones no sólo se han extinguido por diferentes causas sino que aún aquellas que sobreviven hasta nuestros días, se mantienen prácticamente sin cambios desde hace siglos. Ello estrecha considerablemente sus ventana de oportunidad, haciéndolas de inicio, susceptibles de la depredación por parte de las civilizaciones cuantitativamente más eficaces y que operan bajo un sentido lineal.

Es factible entonces suponer que las civilizaciones más avanzadas, en su mayoría, serían predominantemente lineales y “depredadoras”. Factor que las hace apreciar la “otredad”, la diferencia, la diversidad, predominantemente en relación consigo mismos; en términos de su propia supervivencia y desde luego, como “unidades potenciales de energía”. No hay en realidad motivos para pensar que lo que ha sucedido en nuestro planeta no resulte auto-similar en términos de exo-civilización.

Por consiguiente y en relación directamente proporcional, las mayores posibilidades de contacto entre civilizaciones suponen un encuentro entre “depredadadores” linealmente concebidos. Bajo este escenario, la consigna es depredar o ser depredado y el éxito o fracaso lo determinaría el nivel de civilización en que se encuentren. Aquí sobra decir, entra una justificación científico-técnica de corte darwinista tradicional. La supervivencia del más apto, dentro de este criterio, supone la extinción de lo más débil en beneficio de lo más fuerte y “mejor”.

Las posibilidades de contacto con una civilización más equilibrada sería menos factible en virtud de su mayor cualidad vital pero de su menor dinamismo. Esto último deja un estrecho margen para la diversidad. Más aún, la diversidad en buena medida sería escasamente tolerable pues significaría, en el mejor de los casos, una especie relevante, digna de estudio pero que directa o indirectamente se vería afectada en su mundo de vida y en última instancia, en su supervivencia, por los imperativos en el aprovechamiento de los recursos disponibles por parte de la otra civilización.

Un factor más en favor de este escenario y tal vez, el más decisivo, es el sentido de unidad que poseen las sociedades de tipo circular y donde lo que predomina es la manifestación de “lo otro” como “lo mismo”. La unidad es diversa e impone la necesidad del exterminio en favor de la otredad. El individuo no se asume como tal, o una especie de ente aislado frente a un entorno inferior o puesto a su disposición, sino él mismo es “el entorno”. Hay un culto a la tierra, a los ancestros y a la supervivencia de lo diverso en relación con la cual, entra en juego la propia supervivencia. Nada puede concebirse pleno sin una referencia a la totalidad; en una palabra, la vida en sí misma, es divina como una totalidad.

La muerte, en lo general para este sentido, se concibe como el eterno comenzar de lo otro. Por lo tanto, la finitud radical funda la propia continuidad en “lo otro”; es decir, como una totalidad. Para estas culturas, lo sagrado es el límite que preserva la armonía y donde pretender propagarse infinitamente en el tiempo como lo idéntico, trae consigo la auténtica aniquilación.

Frente a las civilizaciones depredadoras, estas últimas no presentan el mismo comportamiento ante la muerte, pues tácitamente los ancestros se manifiestan en la totalidad. Resulta muy burdo resumir semejante diversidad cultural en apenas unas lineas tan imprecisas y vagas pero al menos, resulta indispensable para ilustrar una vida más plena aunque tal vez más corta pero no en el tiempo cósmico sino en lo individual. Una vida fugaz en lo individual pero trascendente en lo colectivo. Finalmente, pensarse que de hecho, este tipo de sociedades han alcanzado ya un nivel cósmico mucho antes del surgimiento de la ciencia lineal en Occidente; un aprecio fundamental de la Unidad cósmica y aquí mismo, bajo el tenue velo de una divina tierra azul.