Archive for December 4th, 2008
Cuando a fines de 1926, Antonin Artaud, director de la “Central Surrealista”: “Laboratorio de nuevo género para contribuir a la invención de una vida nueva”, rompe con André Bretón /véase el célebre documento de Artaud: ‘La Grande Nuit ou le Bluff Surréaliste, en respuesta al folleto ‘Au Grand Jour’, firmado por el llamado grupo de los cinco (Aragón, Bretón, Eluard, Peret, Unik), que plantea la posición condescendiente del surrealismo frente al ascenso vertiQinoso del comunismo stalinista/ quien ese mismo año había realizado la primera depuración del surrealismo eliminando a Artaud y Philippe Soupault por “desviacionismo literario” (a Artaud se le acusará de no ver más que “la materia de su propio espíritu”): el movimiento pierde a una de sus mentes más clarividentes e integrales.
En su condición de poeta, autor dramático, ensayista peculiar, director de teatro y actor teatral y cinematográfico, Antonin Artaud es el ejemplo impar del irresistible descenso en las profundidades del yo que preconizara Bretón.
En este sentido fue, sin duda, el que llevó la aventura surreal-creativa a sus consecuencias extremas. Sus diferencias profundas con el surrealismo domesticado a la Bretón /”si otros proponen obras yo no pretendo más que mostrar mi mente”, enfatizaba/ se basaban en el concepto de autenticidad total que el apóstol contra-cultural, el bel esprit Artaud, tenía de la Revolución: cuando afirmaba que el único y legítimo cambio sólo podía gestarse cuando el rebasamiento de la civilización.
“Las fuerzas revolucionarias de un movimiento cualquiera, decía, son aquellas capaces de desencajar el fundamento actual de las cosas, de cambiar el ángulo de la realidad”. Al igual que Daumal, Gilbert-Lecompte y Jean Fierre Duprey, los así llamados poetas negros, Antonin Artaud no estaba dispuesto a someter su espíritu revolucionario en las galerías sordas del sectarismo y de las ideologías; no se limitaba a la revolución de las formas y de la materia. Su compromiso natural era ir más allá, todavía más allá de la religión de las víctimas, más allá de lo abracadabrante: hacia el tenemos derecho a mentir pero no sobre lo que nos aflige.
Y es aquí que André Bretón no pudo resistir y superar la prueba surrealista, su propio desafío teórico: o se rendía frente a la evidencia que Artaud era más subreal que el “cadáver exquisito” Bretón y, por ende, ver peligrar así el podio de su dictadura creativa -¿con la consiguiente y paralela apetencia de poder político?- o escoger entre la “verdadera mentira de lo espiritual ilusorio, o la falsa verdad de lo real inmediato pero destructible”. Ninguna de las dos opciones, por supuesto, le resultaron admisibles.
Está claro que Artaud Vivía en la esencia de que la metamorfosis exterior es algo que no puede darse más que por añadidura; que la libertad individual es muy superior a cualquier conquista obtenida en un plano relativo; que nuestro nutricio e íntimo futuro brega por “ser” más que cualquier “deber ser”; que colocado en un sitio y un tiempo que no escogió, la insufrible sociedad es uno mismo.
Sí. En este mundo del ‘reino de los hechos’ y su aparente irreversibilidad y unicidad, es un hecho incontestable e irremisiblemente sobrentendido, que la cultura tiene una gran deuda pericial con el activista espiritual Artaud. Ya no se trata de homenajes postumos. Ni si Octavio Paz /¿la máscara convertida en rostro? -¿el rostro petrificado en máscara?/ entre otros, lo ignore más o menos deliberadamente. El asunto no es si la Revolución integral del ser cuenta con mayores e insospechados adeptos activos. Se trata, eso sí, de cambiar el mencionado ángulo de la realidad, gracias a los “sospechosos” adeptos turbados: porque “cualquier acción espiritual, si es justa, se materializa cuando es menester”:
Si el problema del arte, como escribiera el ecuatoriano Pablo Palacio, es un problema de traslados /descomposición y ordenación de formas, de sonidos y de pensamientos. Las cosas y las ¡deas se van volviendo viejas. Te queda sólo el poder de babosearías! el surrealismo domesticado a la Bretón y neutralizado por el establishment: ya no encandila a nadie desde el diván psicoanalítico.
El surrealismo ha dado para hablar, discutir, atacar a nuestras anchas; también para el ‘juego social’ y el reinado de la frivolidad, para la diplomacia convidante y el intelectualismo de gala. Hasta para el diagnóstico mental. Pero Antonin Artaud, el surrealista de la primera hora que al fin dejó de serlo convirtiéndose en una señal luminosa de su propia identidad del arderse con las preguntas, prosigue vigente “En plena noche”, como una estrella visceral desconocida en llamas de verdadera acción esencial.
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Cultura contra Cultura, el surrealismo domesticado: ¿un paciente psícoanalítico?
Tags: Antonin Artaud, Breton, Daumal, Duprey, Gilbert-Lecompte, Jean Fierre, negros, poetas, surrealismo