La Espiga de Trigo

Durante estas fechas, en tiempos de la antigua Grecia, se celebraban los misterios menores de Agra. El objeto consistía en brindar la iniciación a quienes desearan participar en los misterios mayores de Eleusis, a celebrarse durante el mes de Boedromion, correspondiente a nuestro actual otoño. Ambos periodos de tiempo, el arribo de la primavera y el arribo del otoño, señalan el principio y fin de la vida en la tierra. Recuerdan el eterno flujo vida-muerte-vida como sendero que recorre lo ente. De alguna manera, la coincidencia con la semana santa cristiana mantiene vivo el ritual de fertilidad de la primavera, pero ya sin la devoción a la tierra, madre de todo lo viviente. Así, mientras la sangre del Cristo es derramada como promesa de resurrección de las almas, para el antiguo sentimiento divino la sangre derramada fertiliza la tierra y asegura la eterna continuidad de todo lo viviente.
La diferencia es fundamental: el Cristo nos promete la resurrección como lo ente que somos y vivir eternamente nuestra singularidad más allá de este mundo. Por su parte, la Diosa promete la vuelta a su útero y jamás regresar en la forma que ahora somos sino como lo primordial: fuego, tierra, agua y viento; como alimento de las demás creaturas y procesos; como nuevas formas y seres, todos parte de ese flujo sin fin al que todo se haya sometido.
Siguiendo esta última perspectiva, la vida es eterna pues el Cosmos bulle en actividad. A su vez, ésta actividad es siempre distinta empero siempre la misma; permanece como aquella que durante su existencia contemplaron nuestros ancestros. A través de la totalidad de lo viviente que acontece, a diario, en cada instante, los ancestros nos envuelven; viven en el aire que respiramos, a través del agua que bebemos, lo mismo en el fuego que nos calienta que en el refrescante viento. Ellos nos mantienen vivos y ellos mismos, como nosotros –en tanto la Vida que son– hacen vivir. Gracias a su muerte podemos tener la oportunidad de existir en la forma de ser que cada uno somos en este momento. Nuestra deuda con ellos y con la Madre Tierra, sólo se paga mediante la propia muerte.
No se trata de una deuda a la manera cristiana en donde la vida representa el castigo, la pena por una falta primordial. Antes bien, se trata de retribuir el disfrute del que gozamos y gozar en millardos de formas más. El dolor y sufrimiento que produce el morir no se compara con el éxtasis de la vida que fluye por nuestras venas y exige salir, emerger, liberarse como el magma de un volcán y verterse sobre para inseminar y dar a luz a más y más, millardos de seres. Vivir y morir, por lo tanto, sólo es la luz y la sombra de un mismo astro. Tener que morir y perder lo que ahora somos, es el pago para mantener ardiendo la hoguera de la cual mana todo y que de hecho, somos nosotros mismos. El haber vuelto la vida eterna una realidad espiritual, sólo nos refugia de nuestro miedo al tiempo que nos condena: el hombre se ha encadenado a su propio cuerpo sintiéndose culpable de él, de su ferocidad, de su crueldad, de su violencia, como también de su éxtasis erótico.
Somos entes profundamente eróticos. Si en algo puede distinguirse la forma de vida que somos de otras formas de ser, resulta en nuestro grado de erotismo. Ello nos permite ver el camino al útero, al Tártaro, como un coito profundo y prolongado; un avanzar en pos de algo que se aleja, deshaciéndose en nuestras manos, escurriéndose como el sudor a través de la carne y mezclándose con nuestra saliva. La vida es ese gran coito, cuya eyaculación definitoria resulta en el devenir de la sangre sobre la tierra fértil; se trata de la Vida misma y su emanación como el mismo semen sobre fecunda vagina.
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