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Satán: Revelaciones

El dios único fue tal vez la gran singularidad del pueblo hebreo. Frente a una pluralidad de dioses que gobernaban siendo cada uno de ellos diferentes regiones del ser, los hebreos presentaron un sólo y único principio creador que reunía tales regiones en un mismo orden producto de sí mismo y de hecho, parte de su propia naturaleza; en otras palabras, la diversidad y el devenir se concentraron en un sólo Dios que era en sí alpha y omega; origen y destino de todo. Empero dicha concepción no dejaba de ser problemática. Aún para la cultura hebrea, el mismo principio, en tanto creador de todo lo ente, era por necesidad agente lo mismo del bien que del mal. El mismo Dios bondadoso con su pueblo era, al mismo tiempo, la fuente de la ira y la destrucción más implacable hacia éste. Semejante concepción, por demás antigua y cuyos elementos relativamente novedosos recáen en el género y la condición poietica del Dios, progresivamente desarrolla la necesidad de escindirse en un principio dual: el bien y el mal.
El bien y el mal: una breve introducción
Comúnmente se reconoce como la primera mención de este dualismo, la perteneciente al libro del génesis. El principio que se narra, advierte respecto de la caída del hombre del jardín del Edén, su vínculo con la animalidad; con un animal en específico: “La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvéh había hecho” (Gen. 3, 1). La serpiente se presenta ante la primera mujer y lo hace con una interrogante: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?”. La mujer señaló que la prohibición recaía únicamente sobre el fruto del árbol que yacía en medio del jardín, el cual no deberían tocar so pena de muerte. Empero la serpiente replicó: “‘De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y el mal’. Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió” (Gen. 3, 4-7).
La serpiente sirve aquí, según la interpretación de la Biblia de Jerusalén, para referirse a un ser hostil a Dios y enemigo del hombre, y en el cual (Sb 2, 24; Jn 8, 44; Ap 12, 9; y Ap 20, 2), se habría reconocido al llamado “Adversario” (Ha-Satan). Independientemente de las raices interpretativas que puedan derivarse de lo anterior, lo que aquí interesa es señalar, además del animal que se menciona (la serpiente), el acto que se le atribuye: la Duda. De inicio, el mal resulta en alejamiento del principio divino universal como dogma.
En segundo lugar, tras la huella de este dualismo se encuentran los “Libros Sapienciales” y específicamente Job, cuyo primer apartado lleva por título: “Satán prueba a Job”. La palabra que aparece en el texto bíblico es nuevamente “Ha-Satan”; esto es, “El-Adversario” o como la misma Biblia traduce:”El acusador”, en relación directa al relato que se hace de la vida de Job. El libro menciona: “Un día, cuando los hijos de Dios venían a presentarse ante Yahvéh, se presentó también entre ellos Satán. Y Yahvéh dijo a Satán: ¿De dónde vienes? Satán respondió a Yahvéh: De recorrer la tierra y pasearme por ella. Y Yahvé dijo a Satán: ¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra: es un hombre cabal y recto, que teme a Dios y se aparta del mal! Respondió Satán a Yahvéh: ¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca todos bienes; ¡verás si no te maldice la cara! Dijo entonces Yahvéh a Satán: Ahí tienes todos sus bienes en tus manos. cuida sólo de no poner tu mano en él. Y Satán salió de la presencia de Yahvéh”.
La pregunta que hacemos al texto resulta: ¿Qué es lo que propiamente se introduce ante la presencia del Dios? La respuesta que ofrecemos es: la Duda. Yahvéh duda de Job, de la fuerza y la pureza de su fé y lo pone a prueba. Por segunda ocasión, el Adversario introduce la duda pero en esta ocasión es Dios mismo el que duda. El resultado lleva a Job directamente a la ruina, lo que vuelve al libro uno de los de más problemáticos y de coplejo análisis que puedan encontrarse en el texto bíblico. Lo que distingue al libro de Job de otros textos es precisamente el conjunto de implicaciones teológicas que se derivan de lo que en adelante llamaremos “el enfrentamiento de Dios consigo mismo” (Ha-Satan). Esto es, la propuesta que presentamos se funda en señalar a “la duda” y al enfrentamiento del sí mismo consigo, como el más coherente significado de la palabra hebrea “Ha-Satan”.
Finalmente, un tercer ejemplo nos obliga a saltar hasta el Nuevo Testamento. En esta ocasión, la duda alcanza al Mesías (el Verbo de Dios) quien se expone a la influencia del Adversario y lo hace tan voluntariamente como voluntario fue su ayuno de cuarenta días y cuarenta noches en el desierto. Lo que pretendemos mostrar es la forma como Jesús de Nazareth se coloca en el punto de llevar su humanidad al extremo y que implica, de hecho, poner en “duda” su propia naturaleza; enfrentarse a sí mismo en tanto fé y Dios hecho hombre o “hijo de Dios”. (Cfr. Mateo 4, 1-11). Aquello que el Dios hebreo y el Nazareno enfrentan, en última instancia, es lo mismo que enfrentó Adán, el primer hombre: la duda. Por lo tanto, aquello a lo cual nos refiere la naturaleza del mal es al enfrentamiento del sí mismo consigo; en tanto la pura posibilidad de ser y que es común a la existencia.
La Naturaleza del Mal
La existencia se en-frenta a sí misma como el ser que es y la posibilidad que simplemente es; es decir, lo dado en lo que emerge, se ad-vierte confrontado con la singular necesidad de Ser que siente cada ente existente. En este sentido, es factible reconocer la manera en la que el mal comporta su carácter de adversario y espíritu rebelde. Del lado del mal, lo que el ente que somos asume para sí es su responsabilidad de ser. Por otra parte, el dogma emerge como la voluntad que ofrece la certeza posible y la protección. Frente a la presunta estabilidad del mundo y la autoridad dogmática, el mal se presenta como su propio impulso de disolución; empero también y por la misma razón, de él deriva la más íntima autodeterminación creativa. La creación, queda así dispuesta frente al dogma como una amenaza. Para el universo monoteísta que nos reúne, antes que un orden hay un creador que es el mundo e impone las cadenas a sus hijos a cambio de la seguridad y la certeza que entrega.
Por su parte, el demonio –y advierto el cambio en el uso de la expresión–, implica la rebelión que no asiente; se trata del adversario que combate; el ente cuya lucha comienza y termina consigo mismo. El monoteísmo que reserva el privilegio de la creación a una sola naturaleza, no puede admitir un principio dual o múltiple de creación. Ello significa, en otros términos, el sometimiento del hombre a la autoridad y el orden en el que suge con el nacimiento y que se prolongará hasta el momento final de su vida. La naturaleza del mal, vista de esta manera, no implica en forma alguna el privilegio de la presencia como realidad extra o supranatural sino una condición común a toda existencia: el sentimiento de Ser como pura posibilidad y la necesidad de Ser como indeterminación de sentido e impulso de creación.
No se trata de la simple rebelión ante los valores del mundo sino de la creación de valores y la eclosión de mundo. Dicho en otras palabras, nos referimos a una actividad existencial que comienza con un principio básico: la duda. El punto de partida fundamental del pensamiento es la duda y la forma de su acontecer le otorga su carácter más o menos esencial. Por otro lado, se trata de un sentimiento que posee en sí mismo la más plena autocontradicción complementaria, pues al tiempo que se trata del éxtasis pasional ofrece la vulnerabilidad más profundamente amenazadora. El daimon que despierta con el existir implica siempre y en todo momento el sentimiento de su propia finitud. El ente que se entrega a este sentimiento es un ente que a sí mismo se abisma; que trasciende la sólida muralla de la certeza mundana para entregarse a la indeterminación más plena posible de sí mismo.
Los pormenores de esta condición ya la hemos desarrollado en su oportunidad, por lo que sólo nos resta despejar el planteamiento de la naturaleza del mal y ello a partir de los símbolos que el universo monoteísta ha creado para identificarlo. Tal y como pudimos advertir, hacia éstos concurren la animalidad, el instinto, la pulsión inconsciente; las figuras ancestrales de lo femenino, la sangre, la tierra y la carnalidad. En breve, el adversario del orden recáe en la pasión (pâthos) y su característico anhelo o deseo (Eros) que nos coloca incesamentemente ante la pura posibilidad de Ser. Toda experiencia estética resulta así, un amargo y dulce trago de pasión que se desliza por nuestra garganta y abisma las vísceras. El diablo, tal y como ha sido desarrollado por nuestra cultura, responde a la más profunda expresión del miedo y la incertidumbre que despierta el abismo de lo que en sí mismo simplemente somos: un ente que deviene.

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