8
Jun

Satán: la Rebelión

   Posted by: J.E.J. Ramos Talavera   in Mitología

Satán es una palabra salvaje: el adversario del dogma, el enemigo de la firme creencia y del orden. La palabra actualmente connota la más pura maldad. Satán, por lo tanto, se constituye en el adversario del bien. Las dos palabras problemáticas son precisamente el bien y el mal. A partir de nuestro artículo previo, ese bien descanza en el apego a la revelación del orden creado por el Dios único. Por el contrario, la duda impone la dis-conformidad. Respectivametne, se trata de una verdad necesaria en tanto im-puesta y que propugna por su conservación frente a la expansividad que cuestiona y rechaza. En las características de ese orden recaerá, por consiguiente, el significado del mal en términos de su contra-posición y tendencia a su disolución, lo que es, a un tiempo, impulso de fecundidad creativa. Para la tradición Occidental que conocemos, el orden asume el carácter de lo racional o lo accesible a la razón, lo que hace a la maldad devenir en su opuesto; esto es, lo “irracional”, la animalidad, la pulsión inconsciente o en otras palabras, el pâthos. En última instancia, la maldad se opone al orden como la animalidad que es, el instinto que es, la pulsión salvaje que es; en una palabra, la pasión que Es.

El orden busca la con-formidad de la pasión, hacerla entrar “en razón”, en “la forma” o los cauces previamente establecidos y fuertemente constituidos en estructuras mentales y socioculturales. En otras palabras, se trata de un “sometimiento”: el artista habrá de someterse al valor de lo bello; el pensador al valor del bien y la verdad (adecuaetio); el ciudadano al valor de la norma y la costumbre. Hay, sin embargo, impreso en el sometimiento un fuerte elemento irracional (como ya lo hace evidente el uso del término costumbre) y que es, precisamente, su núcleo; el centro ontológico no se discute sino que se ofrece como verdad “revelada”. La revelación no admite discusión posible sino en términos de su recta interpretación; empero el adversario no se con-forma. La pasión conduce al enfrentamiento. La duda, al emerger, lo hace como un ácido corrosivo contra la estabilidad y la certeza del poder que salvaguarda el estado de cosas presentes y las expectativas futuras. Visto así, el que duda es un ente malvado y por lo mismo, también, el más puramente inocente. No se comprende cómo es que puedan los niños entrar al reino de los cielos a menos que se im-ponga la duda frente a la interpretación tradicional. Y es que la inocencia implica, en estos términos, la maldad en su fase primordial. El niño interroga, el niño se rebela, se dis-conforma; para él, una pared puede ser también un pizarrón o una servilleta. El orden más básico sucumbe ante los apetitos de la inocencia. Según lo dicho, el inocente estaría situado en la maldad, en función del tipo de relación que establece frente a los imperativos de integración o incorporación al mundo y que en el caso del niño, deriva de la primordial conformación del lenguaje. Así entonces, el primer esfuerzo del mundo y que se efectúa a través de los padres, consiste en “dar forma” a la pulsión salvaje; encerrar a ese “espíritu“, encadenarlo, someterlo, hacerlo socialmente viable y funcional; empero aún entonces, hay quienes nunca “crecen” lo suficiente.

Así como sucede con el niño, el orden se im-pone a partir de las palabras en la boca. La literatura, el conjunto de las artes, la ciencia y la filosofía, constituyen un cementerio sombrío cuando el adversario se ausenta; duerme o yace oculto, encadenado como Andrómeda o Prometeo. Asimismo se habla del ángel caído: el espíritu de la rebelión confinado a “lo profundo” del inconsciente, adormecido o reprimido, a fin de que el orden impuesto pueda prosperar sobre la base de los espíritus mansos. Y habrá de serlo necesariamente, pues su voluntad es un pulso que se levanta como el cincel contra la piedra. El adversario es un destructor que da forma a su capricho. La rebelión, en este sentido, es un mal, empero, no por ello es “el mal“. Por el contrario, la rebelión conduce “más allá del bien y del mal“; cava hondo en las raíces del mundo para des-hacerlo y dado que nosotros mismos somos ese mundo, levantar la forma de sus más íntimos e insospechados deseos. El adversario apela a lo in-comprensible, lo más plenamente in-accesible; apela al sin-sentido que se opone al más común los sentidos. En el núcleo de esa existencia, la inconformidad manifiesta como “lado oscuro”, constantemente amenaza la estabilidad de la cordura.

El castigo es la consecuencia más obvia. Así como al niño se le reprende, se le encierra o incluso se le golpea y maltrata por su rebelión instintiva, así también, el castigo se impone contra el adversario del mundo. Satán es el espíritu del artista que lucha por imponer su obra aún cuando no haya galería dispuesta a ofrecerle un espacio, o editorial capaz de publicar sus escritos; el hombre o mujer dueños de pensamientos o sentimientos calificados como dañinos, enfermos o peligrosos. Y en tanto más dañinos y peligrosos sean, tanto más diabólico será su intento de predominio; así lo fue no sólo el nazismo sino también el marxismo, la ancestral religión dionisíaca y las más importantes corrientes del pensamiento y del arte, y sin embargo, esa posición demónica, una vez que se propaga, pasa a convertirse en sí misma en el bien. La lucha del bien y del mal se presenta como la lucha entre el orden y el caos; el combate entre las legiones mundanamente institucionales y las legiones de siervos de sí mismos. Por lo mismo, sólo el bien puede nacer del mal así como la creación de la destrucción y la vida de la disolución de la forma viviente. A partir de esto último, para el ente que se debate entre el bien y el mal, la conservatividad resulta el valor primordial; se trata de la conservación de la forma dada en términos de una singularidad que se impone. Por el contrario, para el ente cuya pulsión le lleva a ubicarse más allá del bien y del mal, la necesidad imperiosa no recáe en la vida sino en la existencia que es y que resulta pura posibilidad de ser. Así Sócrates optó por la sicuta y el Cristo, un demonio destrutor del templo de Jerusalém, aceptó la crucifixión. Asimismo, la persecución religiosa fue la consecuencia de la lucha entre el orden y el caos como resultado de lo existente al combatir consigo mismo por el mundo en términos de bien, belleza y verdad.

Sobre este punto nos asalta el aspecto más importante del tema: la manera en como, al igual que la forma y su disolución se reúnen en la Vida, el orden y el caos integran un sólo flujo o voluntad. Y es que el orden en tanto dominio y sumisión, implica represión: la represión sobre el decir de improviso que espanta por constituir un arrebato; el golpe de voz o de pasión que irrumpe y rompe, quebranta, fractura la sensibilidad mas propiamente correcta o mundana; el ímpetu de sinrazón que nos colma las mientes con remordimiento y el terror, pero también con emoción desosesgada. Al igual que la fuerza irracional que en su irrumpir obnubila la más recta razón y pone en riesgo nuestra discontinuidad en la forma por un azar impulsivo, así también, la duda acomete y el adversario se presenta ante las estucturas del mundo, demostrando lo frágiles que resultan las cadenas que pretenden contenerlo. El impulso irracional subyace a todo lo ente y lo existente que somos. No obstante los esfuerzos por reprimirlo y hacerlo entrar en las formas que dicta el poder dominante, esa pasión de suyo se libera y fluye como un impulso irrefrenable. A su liberación puede acometer el éxtasis pero más comúnmente el remordimiento y la culpa.

Y sin embargo, la madre que ve a su hijo en peligro no piensa en un fin racional o en la propia continuidad de la forma que es, sino que “algo” le insta a poner en duda su propia existencia; a ponerla en juego y  de esta manera, acomete irracionalmente en defensa de aquello que quiere. Puede ser el ánimo de reacción convulsa y más absolutamente destructivo de venganza, resultado de la impotencia de una vida que no se ha procurado una senda para dicha fuerza; o bien, el ánimo más profundamente creativo, extrovertido e insultante y por consiguiente, que se abisma en la disolución para extraer de ella una forma afín a su propio deseo. Sea cual fuere, el resultado será la puesta del mundo entre paréntesis. La racionalidad, el orden, se suspende y queda hecho de lado. Emerge entonces un acto sin sentido, caótico pero más puramente fecundo, creativo, pues acomete instintivamente con la violencia de Pan. E igualmente, como el mismo Pan, cuando la amenaza proviene del exterior contra el sí mismo que inidivualmente se es, toda la ecuanimidad y razón son puestos al margen y la huida se presenta como afán conservador. Cualquier valor descubre aquí su falta de necesidad. Al acometer como una marejada, todos los valores de la ética y la moral, el cálculo racional y las prioridades del orden social y cultural, sucumben como los mayores diques de la humanidad y lo primero que es puesto en duda durante el combate, resulta ser la propia forma que somos; es decir, la individualidad.

El campo de batalla de las fuerzas apercibidas como opuestos, se lleva a cabo en el peor lugar: ahí donde no existe más que un sólo flujo éste se concentra en su vórtice; la más oscura e inhóspita profundidad del abismo. Luchando en su contra, el mundo nos ofrece todo en qué creer, al tiempo que nos alimenta el miedo a transcurrir más allá de sus límites. Al interior de esa gran muralla, las cosas luchan por mantener su cordura, su estabilidad: está escrito cómo ha de ser una vida plena, cómo se debe vestir, en qué se debe creer y lo que no es factible; a diario se nos dice el tipo de hombre y de mujer que debemos ser, así como aquello que más debemos desear. El mundo es un campo de frutos secos pero abundantes. Cotidianamente, los individuos persiguen esos deseos que flotan en el ambiente y que provienen de la intimidad de otros;  se presentan ya digeridos, inhertes, fríos, resultan ser como los restos que deja el macho alpha para los más débiles e insignificantes miembros de la manada o los entes carroñeros –y aún entre estos hay jerarquías. Aquellos que se separen de dichos puntos cardinales habrán de poner en riesgo la estructura y por lo tanto, aquello que resulta lo más importante: la jerarquía. El macho que se rebela contra el alpha pone en duda, en riesgo, el orden (el mundo) y como su propia individualidad o discontinuidad que es, él mismo quedará en entredicho. No obstante lo anterior, se impone una necesidad: pueda ser el más irresistible deseo creativo o su manifestación más pobre, más conservativa (el hambre), pero como parte de esa individualidad –que es también un momento físico y simbólico–, el deseo conlleva oponerse, resistirse, rebelarse y poner en juego la cordura, la propia vida. De esta manera, el mundo no es sino la forma que emerge del combate.

Liberar aquello que yace encadenado supone un tipo de ente en específico; aquel que además de existente se asume a sí mismo como creador: como el creador; el adversario. Aquel que nació con las cadenas más débiles o quien definitivamente tuvo la fuerza para liberarse de ellas; tal vez, el que nuca las tuvo. Y sin embargo, siempre serán unos pocos; apenas unos cuantos; siempre, los definitivamente poseídos: los endemoniados.

Tags: , , , , , , , , ,

This entry was posted on Monday, June 8th, 2009 at 4:09 pm and is filed under Mitología. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Leave a reply

You must be logged in to post a comment.