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Satán y El Cristo

El interés al momento de escribir este último artículo relativo a la palabra “Satán”, consiste en precisar nuestra posición frente al mundo cristiano. A este respecto, la palabra “Ha-Satan” adquiere absoluta relevancia. Aquello que el mundo monoteísta cristiano encadenó es el cuerpo, la carnalidad. El temor fundamental de lo ente que somos a la disolución, manifiesto en la cultura griega de la época clásica mediante la frontera del Hades, presenta su exacerbación en la cultura cristiana mediante la separación correlativa a vivos y muertos entre un bien y un mal. En otras palabras, habría una relación fundamental entre los impulsos constitutivos de individuación y disolución y la antedicha determinación occidental del bien y el mal, cuyo resultado y crítica puede seguirse a través de la obra de Friedrich Nietzsche. Aún el “tufo hegeliano” con que el propio Nietzsche se refiere a su ópera prima, “El Nacimiento de la Tragedia”, muestra en sí mismo dicha confrontación bajo la forma dual de lo “apolíneo” y lo “dionisíaco”; dialéctica asintética y que posteriormente, el mismo Nietzsche despejaría mediante la oposición lo dionisíaco a sí mismo, devenido éste en la figura de Cristo.
Antes que una oposición entre dos impulsos fundamentales, lo apolíneo y lo dionisíaco convergen como el pulso de una sola corriente. Individuación y disolución pasan a constituir un solo y mismo flujo fundamental al que Nietzsche remite el devenir de lo viviente; tensión que bajo la forma del Cristo daría lugar a una suerte de debilitamiento. Siguiendo la lectura de Gilles Deleuze, habría entonces dos tipos de sufriente: Dionysos como el eterno retorno de lo mismo; y el Cristo, como una suerte de “no retorno” o la esperanza en la redención del sujeto respecto de la vida física. Desde el cristianismo, el hombre ya no es más un hijo de la tierra sino un ente “caído” a la misma y por lo tanto, abandonado al sufrimiento y el dolor. La vida se le impone como un castigo cuya esperanza consiste en “alejarse”, abandonar lo ente que es y con ello todo devenir; un logro que le supone la eternidad. La obediencia, la mansedumbre, la mesura y la renuncia a las pasiones del cuerpo, le suponen huír del destino común a lo ente en general. Por consiguiente, no hay erotismo, pues sólo la naturaleza divinizada es erótica. El sujeto cristiano ha recibido la tierra como resultado de su culpa primordial.
La pretensión de orden que se instala, como señalamos en nuestro artículo previo, proyecta la huida del ente que somos en pos de una interioridad divinizada y confrontada con la carne, la materia, lo que da origen y mantiene una serie correlativa de dicotomías, entre ellas, materia y forma, cuerpo y espíritu, el mal y el bien. Para la tradición Occidental que conocemos, el orden asume el carácter de lo racional o lo accesible a la razón –al sujeto– y hace a la maldad devenir en su opuesto, esto es: lo “irracional”, la animalidad, la pulsión inconsciente. Hacia ésta última los apetitos de la pasión imponen la dis-conformidad frente a una verdad necesaria y que en tanto im-puesta, propugna por su conservación frente a la expansividad vital –contra-posición entendida como tendencia a la disolución e impulso de fecundidad creativa.
Para los miembros de la comunidad religiosa así constituída, el dogma se erige como imperativo categórico. En tal sentido, quienes se identifican en el seno de una religión como el cristianismo, han de admitir que la especulación queda fuera del efectivo cumplimiento del dogma. En términos simples, si ha de cumplirse el mandato “no matarás”, ello no será por temor al potencial castigo sino por la plena aceptación y asimilación de ese principio como “necesario” –impuesto por Dios y revelado como parte de su voluntad. En idéntica circunstancia se encuentra el resto de los diez mandamientos. En ninguno caso, el cumplimiento de la sentencia puede supeditar el amor y la fe en el Dios único al simple pero real temor al castigo del “padre”. En nuestros términos, al aceptar e incluso promover los mandatos del Dios único sobre la base de dicho temor, la institución cristiana hace devenir el imperativo categórico en imperativo hipotético, lo que antes que aproximar al hombre con su Dios de suyo lo aleja de éste. La razón es simple: la acción resultante se desarrolla desde la más baja especulación. La corrupción cristiana muestra su talante en dicha medida: el miedo se convirtió en su herramienta fundamental para someter a la grey. Así entonces, el infierno surge alimentándose del temor fundamental de lo existente por aquello que su ánimo es capaz de abrir; la forma que adquiere no proviene de la Biblia sino de la obra de Dante Alighieri; los siete pecados capitales recáen bajo la autoría del papa Gregorio Magno; y el temor fundamental ser en sí mismo límite y temporalidad, deviene en condena del alma y horror al fuego de la inquisición. El terror crece y la maravilla decáe. La Tierra devino progresivamente en lo “demoniaco”. El encadenamiento de las pasiones, en su esfuerzo por reprimir los naturales impulsos del ente que somos, al mismo tiempo propugna por una raza de siervos; discípulos, todos, de un amo de carne y hueso y su especulación redentoria que ofrece la salvación de lo mismo que somos. Aún muchos teólogos justifican la inquisición en términos de la importancia relativa que tenía la salvación del alama sobre el destino del cuerpo para la cultura medieval y sin embargo, su argumento no sólo incurre en una circularidad sino que la misma advierte la corrupción que ya Lutero había notado y que proviene del lugar que toma el imperativo hipotético por encima del imperativo categórico. El “amor a Dios” como “amar al prójimo como a tí mismo”, tal vez el cáliz más seductor que poseyera el cristianismo en la antiguedad, ahora en manos de sus líderes institucionalizados devino en una suerte de licor de baja calidad: el miedo ha sido el éxtasis predilecto de los prelados y su resaca produce ceguera. Aún en nuestro tiempo, las sectas cristianas fundamentalistas optan por esta medida y propugnan por ganar adeptos alimentando el miedo primordial a la disolución mediante augurios relativos al “armageddon”.
No obstante lo anterior, la mayor complejidad ingresa cuando antes que a la institución religiosa que da forma a las creencias en Occidente, se pretende incorporar en el análisis a la figura del Cristo. Difícil tarea, puesto que el Cristo conocido es producto de la misma institución religiosa en mención (circularidad) y sin embargo, aún esa tradición permite entrever en el Cristo la simiente de Ha-Satan. El Dionysos cristiano no sólo se aparta de un sentido temprano de divinidad sino que sus propios herederos pasan por alto su espíritu rebelde. Si fuera posible suprimir la redención que supone su crucifixión, adquirirían mayor relieve sus razgos mistéricos. Si fuera posible suprimir el anhelo de eternidad de un “alma inmortal”, tendríamos una cruz como representación del destino común a todo lo viviente. Si fuera posible todo ello, sin embargo, el cristianismo sería otra religión. Empero basta con sacudir ligeramente las capas de espiritualidad superpuestas a lo largo de los siglos para ver surgir sus profundas contradicciones a la manera de grietas en el yeso. Por ahora, baste sólo con señalar la manera en que el propio Cristo implica a Ha-Satan. Apuntémoslo simplemente y con ello inseminemos la duda. Y es que Cristo confronta la duda pero también él mismo es la duda. Frente a la institución religiosa de su época, el Cristo es un creador/destructor. De ninguna manera el Cristo se describe como una figura quieta, obediente, apasible, entregada a la fé y el alejamiento monástico. Antes bien, él mismo es la Duda encarnada. El Cristo coloca la duda y difunde la duda en el mundo. En propias palabras consignadas por la Biblia: ha venido a colocar al padre contra el hijo y al hermano contra el hermano. El Cristo se alza contra Dios en términos de la verdad revelada de su época. El Cristo, dicho sea de esa manera, se confronta contra el Padre. Para los Cristianos actuales es fácil decir que él, en tanto hijo de Dios, poseía la verdadera revelación. Sin embargo, él era un judio y su Dios no era el mismo que gobernaba el templo de Jerusalen. La corrupción romana sobre las autoridades religiosas judías no bastan para explicar dicho sentido. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento la Biblia nos ofrece al menos dos grandes dioses: un Dios de justicia y uno de perdón y reconciliación; este último, resultado de la revolución cristiana. Cristo confrontó a un Dios y a su manera, salió victorioso.
Ir más allá de estos elementos iniciales por ahora resulta imposible. La complejidad de las figuras aludidas es desmesurada y sin embargo, frente al caracter renunciante del cristianismo, se hace evidente que la simiente de Ha-Satan corre por las propias venas del Cristo. Los valores impuestos por la doctina procuran alejar a sus fieles de semejante imagen de su “redentor” y sin embargo, la duda está presente, crece y “la Duda” se nombra “Ha-Satan”.

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