Logos

El Sabazios Institute expone lo que considera es el desarrollo de una relación problemática para la historia de Occidente: la relación que el propio ente que somos establece consigo mismo en tanto ente que es y existencia yecta, “ahí”, en el mundo. Como resultado de esta relación, lo existente ha ido alejándose progresivamente de sí; de su ser cosa, en tanto ser mera cosa, animal y materia. Negación de una sustantividad que por un lado, conlleva a negar Ser a lo ente en general, de lo que deriva una específica acción instrumental; pero que también le implica negarse a sí mismo Ser, negarse a sí mismo “el Ser”. El alejamiento recae, como consecuencia, en una tensión y una doble voluntad: voluntad de nada y voluntad de olvido. Alejado paulatinamente de sí y proyectado hacia el ensueño de un “afuera” donde rige la eterna claridad de la forma pura, el ente que somos se confronta con extrema violencia. De las dos postulaciones resultantes, la una manifiesta su propia “forma” en tanto anhelo de eternidad, orden y certeza posibles; la otra, en tanto más característica de su singular apertura, le impone su más íntimo sentimiento de Ser, empero éste, como lo dionisiaco mismo, le resulta amenazador; y es que en tanto ya su “aún no” significa ser ya siempre su fin.

La forma en que históricamente se presenta este “alejamiento”, va mucho más allá de los orígenes de la filosofía y los albores mismos del pensamiento mitológico. Cielo y Tierra, Bien y Mal, Vida y Muerte, surgen de lo existente que somos y su necesidad de apartar de sí mismo el “morir” común a lo ente en general. De esta manera, aquello que fuera olvidado, aquello que no ha querido o no ha podido ser escuchado, siempre ha estado “ahí”: como lo mismo que somos y cuyo sentimiento nos hace posible la pregunta, la necesidad del preguntarse y la dirección que sigue la pregunta. Asimismo y como resultado este peculiar abrir aunado al proceso de alejamiento de sí o de olvido, nace el Occidente como lo conocemos: desde lo divino griego, el arte y la filosofía antiguas; hasta el mundo monoteísta, el arte, la ciencia y la filosofía modernas; y desde ambos, ahora, hasta una vuelta de tuerca.

El retorno en el que ahora nos situamos, en muchos sentidos, es retorno griego de lo divino; específicamente de aquel núcleo subyacente a la forma y claridad del olimpismo. De esta manera, la muerte de Dios es la muerte del hombre que somos. Recibir el abismo, implica restituir (el) Ser a lo ente en general y restituir la Vida a su integridad; restituir esta última y recibirla antes que confrontarla y con ella, a la diversidad que es –a la más absoluta posibilidad de Ser. Por lo pronto, el morir aparece en el núcleo de ese particular desplazamiento emprendido por el ente que somos, por lo que debemos preguntarnos ¿qué nos implica reunir el morir con la Vida en pos de remontarnos hacia aquella Unidad primordial? Y en esta medida, ¿hasta dónde es posible remontarnos?

J.E.J. Ramos Talavera

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