Mithos

Durante la guerra entre titanes y olímpicos, según el mito órfico, Deméter ocultó a su hija Perséfone en una caverna para protegerla. Zeus, sin embargo, bajo la forma de serpiente, engendró en la Doncella de Deméter a un hijo que fue llamado Zagreos. Hera, enfurecida por los celos, persuadió a los Titanes de matar y devorar al niño. Mientras Zagreos se miraba ante un espejo, los Titanes cumplieron la sentencia y lo descuartizaron, sin embargo, Zeus guardó para sí el corazón de su hijo y lo dio a beber en una poción a la mortal Semele. De esta manera, Semele dio a luz a Dionysus, el segundo nacido.
El Mito y Alejandro Magno
Sabazios es el jinete nómada de los cielos y dios padre de los Frigios. En lengua Indoeuropea, el elemento ‘-zios’ retrotrae a Dyeus, precursor común de ‘Deus’ (Dios) y Zeus. Los griegos, por heredad de Tracia alrededor del siglo V A.C., asociaron el Sabazios frigio con Zeus y Dionysos. Por un lado, sus representaciones, aún en tiempos del imperio romano, lo muestran como un jinete nómada que sostiene un báculo (la figura celeste de los frigios). Ya escritores griegos tardíos Tales como Strato, alrededor del siglo I D.C. lo vinculan con Zagreos entre los ministros Frigios y los asistentes a los ritos sagrados de Rhea y Dionysos (Strabo, 10.3.15). Igualmente, Diódoro Siculus de Sicilia, contemporáneo Strabo, asocia a Sabazios con el “segundo Dionysos” nacido de Zeus y Persephone (Diodorus Siculus, 4.4.1). Coherente con lo anterior y según registros de Clemente de Alejandría, los misterios de Sabazios, tal y como fueron practicados por los romanos, involucraban a la serpiente (símbolo telúrico antes que celeste y más vinculado con los Tracios) como contraseña entre los iniciados: “el Dios en el pecho” (Protrepticus, 1, 2, 16). Los migrantes frigios parecen haber traído consigo el culto a Sabazios al establecerse en Anatolia, hecho por el cual, los origenes del dios han sido ratreados en Macedonia y Tracia Oriental. Referencias comúnes vinculan la figura del dios montado a caballo con la propia civilización de los macedonios, notables jinetes y criadores de caballos hasta los tiempos de Filipo II, padre de Alejandro el Grande.
La misma mitología que rodea la vida de Alejandro lo presenta de hecho como Zagreos-Dionysos: concebido por Zeus que en forma de serpiente desciende hasta el lecho de Olímpia para engendrarlo; su poderosa figura a caballo aguarda la señal del águila en el cielo como signo de la victoria; y su marcha de conquista a las tierras de oriente evoca de manera poderosa el mismo cortejo dionisiaco en su marcha hacia la India. A partir de lo anterior –la figura del dios nómada, símbolo de unión e identidad entre el poder telúrico y celeste, la vida y la muerte, la creación y la destrucción–, el Instituto recoge como núcleo mitológico y de formación, la figura de Sabazios-Dionysos: el conquistador que desata su Eros como Poiesis sobre la Tierra.

Vida, Muerte, Vida
La vida puede desearse a sí misma como vida, pero al hacerse siendo se apaga como una vela. El filósofo antiguo concibe la vida como contraposición a la muerte. Según Kerényi, sólo el pensamiento europeo tardío comenzó a comprender el fenómeno “vida” de una forma que ni era idéntica a la muerte ni tampoco excluyente, sino que la consideraba parte integrante de la misma. La completa separación de vida y muerte, corresponde, siguiendo al mismo autor, a la realidad de la distinción que separa de un modo absoluto los vivos y los muertos, lo que mitológicamente se expresa con la idea de la frontera del Hades. En la opinión de su escritor: “Algún día se sabrá que, en realidad, la antigüedad clásica ya debe ser considerada como una fase de su decadencia, y que el auténtico tiempo vital se limita a la antigüedad tamprana mediterránea y también puede alcanzar, como mucho el primer periodo arcáico”.
El punto de nuestro interés converge en el vínculo arcáico entre la vida y la muerte que distingue Kerényi: la unidad indisoluble entre la apariencia visible y la intimidad invisible, lo que simbólicamente se expresa mediante las espirales dibujadas y bailadas que representan la continuidad de la vida de las criaturas mortales más allá de su disolución entitativa; esto es, la infinita sucesión repetitiva de vida-muerte-vida. Se trata de una ausencia de límites en cuyo fluír interminable cada individuo emerge para desaparecer nuevamente y que el filósofo Anaximandro denominaba ápeiron.
La espiral en movimiento se dirige hacia lo ilimitado, en cierto modo hacia un fluído infinito sin principio ni fin. Perséfone vincula aquella idea de la muerte que establece el fundamento de la noción de vida. El ser eterno que vive y muere eternamente (la Doncella), cuyo destino es arquetipo divino de la vida terrenal, mistérica, compleja, lejana lo mismo tanto de un Edén como de un logos divinizado y humanamente abstracto. Igualmente, Dionysos arrastra consigo irresistiblemente, como lo señala Walter Otto, lo eterno-femenino de esta esfera, permaneciendo íntimamente ligado a ella. Su espíritu arde con la belleza embriagante que se denominó la sangre de la tierra; sensualidad primitiva, delirio, disolución de la conciencia hasta lo ilimitado. También los muertos se reúnen a su alrededor. Vienen con él en la primavera, cuando trae las flores (Anthesterion); amor y frenesí salvajes, todos primitivos rasgos de la Deidad de la Tierra.
De esta manera se recoge al interior del Instituto: “Hubo un tiempo en que el camino al mundo inferior estaba abierto. Perséfone fue la primera que emprendió este camino en la oscuridad, como botín y novia del dios subterráneo. Desde entonces el mundo ha sido como es para nosotros: lleno de alimento vegetal y lleno de esperanza; de esperanza porque el camino por el que ella viajó inicialmente ha llevado a ella desde siempre”.

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