Poiesis

“Comienzo por glorificar en mi canto a Deméter, la de hermosa cabellera y a su esbelta hija a quien Aidoneo arrebató (lo concedió Zeus de grave tronar que de lejos ve) cuando, apartada de Deméter la chrysáoros, ufana de sus frutos, jugaba con las hijas de Océano, de pronunciado seno, en el prado mullido recogiendo flores: rosas, azafrán, violetas preciosas, iris, jacinto y narciso, el que crió Gaia por voluntad de Zeus como engaño para la doncella (botón de flor) y así agradar a a polydéktes“.
Himno Homérico a Deméter I-VIII
Hay una pasión que nos reúne: la Vida. Vida se nombra Zoé y Phycis, Dionysos y Perséfone. La identidad entre Hades y Dionysos como la de Deméter y Perséfone nos evoca una antiguedad en donde Bios y Thanatos ponen de manifiesto el pulso de un sólo corazón; un ir y venir que resulta ser el de todas las cosas, el de todos los entes e igualmente la alegría y la tristeza; una pasión reúne al hombre consigo mismo, descubriéndole el hilo de la propia consanguineidad con la Tierra. Ella es la madre, la amante y la asesina. La Tierra Maternal y productora de la fecundidad. Ella habita en la carne y la sangre como nosotros mismos y todo lo que es comido. Así cada uno crece como la espiga de trigo. El caracter dual de la Doncella nos revela la forma como Bios y Thanatos constituyen el pulso de la Physis.
Los rituales celebrados en honor de Deméter y Core fueron abundantes, entre ellos, las Thesmophorias en donde aquello que hoy se denomina “fecundidad” hacía presente semejante pulso: Deméter era invocada como Thesmophóros (”la legisladora”), denominación que se extendía a Perséfone. La fiesta duraba aproximadamente tres días (del 11 al 13 de Pianopsión, “mes de la siembra”) al final de octubre y el principio de noviembre. El primer día, ánodos y cátodos, las mujeres subían al Tesmophorios para levantar las cabañas en que pasarían el tiempo durante la fiesta. Asimismo rendían las ofrendas al “santuario inferior” y que dependiendo del lugar de celebración, se trataba de un hueco o gruta en la tierra: sacrificio ritual de cerdos, panecillos con la forma sexual de la mujer, imágenes votivas, entre otros. Los restos, posteriormente, eran recuperados y llevados al altar superior. El segundo día constituía una jornada de ayuno que evocaba el duelo de Deméter por la desaparición de su hija. Finalmente, durante el tercer día, se invocaba a Deméter como Kalligéneia o “diosa del buen parto”, se rompía el ayuno y el banquete cerraba la celebración. Las mujeres, casadas e iniciadas, celebraban de esta manera un festín surgido de las entrañas de la tierra; de la descomposición. La fiesta reunía los dos impulsos –desaparición y aparición–, como parte de la fecundidad. Lo que es comido (Zoé) era la misma muerte en su reaparición.
En Eleusis, durante el mes de Boedromión, se piensa que la epifanía de la diosa brindaba una esperanza. El luto de Deméter por el rapto de su Doncella nos muestra mucho más que el secuestro de una hija a su madre. Se trata del luto y la felicidad de todo lo viviente que se entrega a la Vida sólo como alimento. Muchos sentidos pueden dársele actualmente al rito y sin embargo, hacemos referencia (apuntamos) a una época donde el lazo entre bios y thanatos era tan estrecho que de hecho ambos conformaban un sólo e indisociable hilo. Aún ahora, aunque nuestros sentidos luchen por apartarse de ese destino, en tanto entes (bios) vivimos alimentándonos de entes (thanatos). Las formas surgen y desaparecen sucediéndose unas como el sostenimiento de otras; esto es, un sólo pulso que late con el mismo vaivén de nuestro propio corazón.
Somos existencia, no hay por lo tanto necesidad de probar lo mismo que somos. La madre somos cada uno pero no está en ninguno. Ella es simple devenir, pulso, bios/thanathos, creación/destrucción: Physis. No hay ningún privilegio para el ente que somos y sin embargo, ello poco significa cuando resulta ser un crímen matar por placer a otro ser humano; pero no así a las demás creaturas. Nietzsche elaboró una filosofía vitalista y Heidegger despojó a la filosofía de su histórico antropocentrismo empero ello no impidió al ente que somos continuar con su pretensión centralista. Y es que la filosofía, el concepto, no puede recuperar la sensibilidad. Por lo tanto, no será la filosofía ni la siembra de “conciencia” –lo que sea que ello signifique– o la acumulación de conocimientos científicos lo que producirá un cambio sustantivo en la cultura. La única alternativa radica en la misma sensibilidad, en el despertar de una pasión abandonada donde el fatum bios/thanatos no implique un destino en términos de confrontación sino de reunión: filsofía/arte, filosofía/poesía, creación/destrucción como Vida; como simplemente pulso, physis, zoé, poiesis. Tal vez sólo en este apelar a la pasión, a la reunión con lo sublime de la sensibilidad, resulte un cambio radical en la filosofía, la ciencia, el arte y la cultura que conocemos. Tal vez, sólo cuando cerremos nuestros ojos y dejemos hablar a nuestros oídos, podamos escuchar nuevamente el sentido erótico de ese pulso. No hay corazón sin sístole/diástole como tampoco Physis sin bios/thanatos, por lo que la pasión de lo ente por vivir manifiesta la propia pasión de la Vida. En tanto existencia yecta, ahí, en el mundo, en tanto existencia creativa, dicha expansividad de la Vida tal vez consiga remontar el anhelo antropocéntrico de eternidad como forma viviente y alcance el anhelo de eternidad en la Vida misma.
Para ello habrá que problematizar la creación misma, la poiesis. Por ahora, lo que aquí se presenta son apenas unos fragmentos relativos a dicha cuestión: pedazos de vidrio cortante, astillas que entierran hondo, hasta los huesos, hasta lo profundo; y de ahí, nuevamente, ese, un latido… un murmullo.
J.E.J. Ramos Talavera
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