Sobre el sentimiento mexicano

El escudo nacional habla del mito fundador de Tenochtitlán, la marcha de un pueblo en busca de la señal de sus dioses; del signo de una tierra prometida: el águila sobre un nopal devorando una serpiente. Hay en el origen una extraña y profética mixtura. El pueblo de la serpiente emplumada es el pueblo del águila que devora a la serpiente, animal que para el Occidente cristiano es símbolo del mal y sin embargo, los antiguos dueños de esta tierra eran, ellos mismos, la serpiente emplumada; la bestia pagana que como tal debía morir junto con sus dioses, sus templos y sin embargo, de alguna forma sobrevivieron. Empero el águila del símbolo nacional no remonta los cielos con la serpiente en su pico, ni la lleva a un elevado risco. El águila, a la manera del castigo de Zeus, devora las entrañas de Prometeo; como también la virgen que sin destruirla, pisa su cabeza como símbolo de la victoria mientras ésta trata de morder su calcañar. Y lo mismo que la catedral se levanta sobre el templo, la virgen se erige junto con el dios soberano que impone su orden cósmico. Mientras tanto, la serpiente subyace, permanece a la espera, aguarda y el águila en pugna por ganar su alimento recibe el veneno en la propia faz.

Y de esta manera el combate es el símbolo de México. Una lucha entre lo mundano y lo transmundano como el reflejo de dos mundos que chocan y se combaten: lo propio y lo ajeno, lo español y lo indígena; dicotomía cuya mediación estructural es sólo combate, desgarramiento que reposa entre el rojo carmesí de la sangre y el verde asidero de la esperanza. Encuentro de dos mundos irreconciliables, como irreconciliable es el cielo y la tierra; devenir a-sintético y diferencial en cuyo centro sólo hay combate. El mestizo encarna esa misma lucha que a su vez se revela como historia y discurso de poder; una historia anticuaria y monumental (Nietzsche), llena de grandes vacíos y profundos signos de admiración (Paz).

En la primera mitad del siglo XX, varios pensadores mexicanos recuperaron a través de sus conceptos y categorías el tema de “lo mexicano”; su definición, su problematización, el “des-cubrimiento” de una “identidad” como resultado del encuentro entre dos mundos en pugna. Octavio Paz y Samuel Ramos propusieron quizá las dos visiones más influyentes a este respecto; respectivamente, lo mexicano como “sentimiento de soledad” y lo mexicano como “complejo de inferioridad”; ambas revelan el intento por aclarar y a veces por justificar el resultado de nuestra singularidad en el mundo

Para Eduardo Nicol el hombre es un ser complejo porque es un ser hecho de contradicciones que no se resuelven cuando se subordina uno de los aspectos de la contradicción al otro. Antes bien, el carácter activo del hombre como contradicción supone su libertad; somos libres puesto que tenemos la capacidad de decisión frente a las diversas alternativas que nos presenta el mundo: “El hombre es autónomo porque se afana. Podría esto parecer una contradicción, si consideramos, como los antiguos, al hombre libre como libre también de afanes. Pero es que no hay mejor afán que el de ser libre, ni que obligue a una tenacidad mayor y más vigilante. Además, el afán nos lleva a la opción y se resuelve en ella. Estamos en la situación de tener que optar. Lo cual significa que la libertad no nos es dada, y que no podemos vivir sin esa perplejidad que nos fuerza a decidir, que nos obliga a ser libres”[1].

La complejidad humana radica en ser una unidad de aspectos diversos que, no obstante, son relativos el uno al otro. Para el pensamiento de Nicol, la perspectiva por la cual se incline el ser humano tiene a “la libertad” como su fundamento y ésta a su vez una ruta de elección que, como dimensión ética desde la que se opta, implica el crecimiento o decrecimiento del ser cuya misión es autoconstruirse.

El carácter erótico que potencialmente nos constituye se explica a partir de la condición de seres inacabados, carentes; condición que nos impulsa a la búsqueda, a la acción que puede ir llenando el vacío ontológico en que consiste nuestro ser. De ahí que para Nicol la naturaleza del hombre es semejante a la de Eros, en lo que se refiere a su condición de ser carente; pero lo que Eros representa para el hombre es justamente el motor o la fuerza que le impulsa en su afán por completarse. La vida humana, por consiguiente, es búsqueda y ésta a su vez, esfuerzo, dinamicidad, acción como ejercicio de la libertad[2].

“Los hombres arrebatan el destino a los dioses y se lo apropian para siempre. Prometeo sufrió castigo por su audacia: el homo faber se halla siempre envuelto en tribulaciones. Pero también es prometéico el rapto del destino; pues Prometeo significa ‘el que piensa antes’, el que se adelanta al porvenir con su pensamiento. Lo que ha de pagar el previsor, al hacerse dueño de su propio destino, es la pena que se llama responsabilidad. Las tribulaciones de los hombres ya no se pueden achacar a los dioses”[3].

En común a estos pensadores del siglo XX que hemos escogido y a los cuales se agrega Santiago Ramírez, se plantea lo mexicano como un sentimiento que es sentido del mundo y apropiación de nuestro propio destino. A todos es común la inquietud por descifrar que esencia que oculta la necesidad y la libertad inscritas en el “sentimiento mexicano”. El punto de vista de una singularidad que recibe su necesidad de Occidente y que bajo tales condiciones es capaz de ejercer su propia libertad. La principal “carencia” que enfrenta “lo mexicano” radica aún en descubrir su mundo y su lugar en el mundo para afrontar el reto que como seres humanos nos impone nuestra libertad.

El símbolo patrio al que hemos aludido aun nos refleja como seres que tienen que afrontar la lucha por arrebatar a los dioses su propio destino.

1. El México Occidental

América recibe la tradición filosófica como parte de su incorporación a la cultura occidental, entre cuyos elementos, además, se encuentran la tradición religiosa (judeo-cristiana) y la familia lingüística. En este sentido, es necesario distinguir la presencia de la filosofía en México a lo que en su caso pueda denominarse “filosofía mexicana”. De una parte se encuentra la diseminación del mundo de vida Occidental, de la otra, la participación de México a los principios de la heredad griega y latina. En otras palabras, hablar de “filosofía en México” alude a la recepción o asimilación de la filosofía, mientras que hablar de “filosofía mexicana” refiere a la retroalimentación que recibe de México la propia cultura Europea.

No hay duda que hay filosofía en México como también la hay de manera diversa en los países que participan del mundo Occidental, sin embargo, al hablar de “filosofía mexicana” el lugar de México adolece de una importancia comparable a la que ocupan en la construcción del pensamiento filosófico países como Alemania, Francia, Inglaterra, Italia o incluso el mismo bloque de países de Europa Oriental. En México, antes que la ciencia o la filosofía de Occidente, parece adquirir predominio la tradición religiosa específicamente católica. Incluso el caso de los “transterrados”, que tiene su origen como un grupo de pensadores españoles llegados como resultado de la Guerra Civil española, éstos se constituyen por propio mérito y presencia como un espacio para la filosofía en México. El propio suelo parece demostrar su permeabilidad a la incorporación de pensamientos y pensadores, sin que ello alcance aún su definitiva cohesión.

México es una nación mayoritariamente mestiza y sin embargo, dicho mestizaje mantiene un núcleo de enfrentamiento que parece incapaz de superar; se trata de una lucha interna que parece sobrevivir al tiempo: el extranjero progresista, el indígena en su espacio de tradición y en medio, el mayor espectro de población, mezcla de ambos, que se debate “pendularmente”, entre la admiración y el rechazo; entre el “amor-odio” hacia el indio y la “admiración-rencor” hacia el elemento extranjero. La “nación expropiada” como la llamara Molina Enríquez, esta gran “nación mestiza”, antes que propiamente una mediación estructural entre dos mundos representa el desgarramiento de una lucha que sobrevive aún bajo múltiples rostros; tanto en la pugna por el poder político como en un discurso histórico anticuario y monumental (en el peor sentido de lo escrito por Nietzsche[4]) que como refiere Octavio Paz en las primeras páginas de “Las Trampas de la Fé” escribe la historia de México llena de grandes énfasis y profundas omisiones.

A los rasgos característicos de este mestizaje subyace el particular ejercicio de una libertad donde a la par de una plena incorporación de la tradición católica se encuentran las luchas por el poder político, al tiempo que subyacen una serie de espacios o pequeños núcleos de pensamiento científico y filosófico.

2. Molina Enríquez y el factor del mestizaje

Históricamente, el esfuerzo de mayor jerarquía para una síntesis cultural lo representaron aquellos novohispanos que, a la manera de Sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora, entre otros, se pretendieron el desarrollo de una identidad específicamente “novo-hispana”, esto es, propia, sincrética y en un momento dado capaz de aglutinar con éxito los principales elementos indígenas y españoles. Un periodo trunco por la inestabilidad sucesiva y vigente hasta la época del “México Bronco” y que a un tiempo coloca sobre la mesa a la confrontación y la lucha por el poder como los elementos característicos del mestizaje mexicano.

Molina Enríquez, cuando asienta el núcleo de la nación mexicana en la tierra y destaca nuestra composición mestiza, define al mismo tiempo una estructura social característica y su acción política en la ordenación hecha por el presidente Díaz[5]. Más allá de la reproducción que él mismo hace del mito mexicano hacia la tierra y la imprecisión metodológica que se le atribuye, este factor de las condiciones de la clase media-mestiza-trabajadora, como mediación entre dos polos autoexcluyentes aún para la época de Díaz, ya describe un hecho que a la postre tratará de explicarse de las más diversas formas bajo el espectro del “sentimiento mexicano”.

La “nación expropiada” de Molina Enríquez yace entre dos minorías que le representan la matriz del enfrentamiento como su propia génesis, lo que revela la condición del mestizo permeable a la presencia e incluso a la convivencia pero en gran medida impermeable a la incorporación. El mestizaje mexicano aparece culturalmente como una amalgama de elementos yuxtapuestos que antes de cohesionar en una voluntad afirmativa parecen optar por un “acomodamiento” en buena medida nihilista. El desgarramiento del mestizo tácitamente le provoca la propia huida de sí mismo y del mundo, hacia el cual realiza simbólicamente el montaje de una totalidad derivada de asimétrica mezcla.

De este modo, el conjunto del archivo cultural del nacionalismo mexicano funciona como paradigma de una operación de mezcla afortunada de ingredientes indígenas y europeos. Fuentes sigue la interpretación adleriana de Samuel Ramos[6] acerca de la composición del alma nacional a la luz de la universalidad de la especie. A partir de figuraciones como el pachuco y la Malinche, coloca en el centro de esa pretendida esencialidad mexicana un laberinto de soledad, fruto de la pareja chingón/ chingado sinónimo de opresor/ oprimido[7]. Una lógica exterior a la realidad que se pretende explicar desencadena un vaciamiento de significado al tipificar como alteridad exótica lo mexicano. La nación se narra como amalgama de sujetos, discursos y representaciones cuya hibridación única, los marca desde el pecado original: el nacimiento en el choque de mundos.

Ante el “complejo de inferioridad” expuesto por Ramos y el “sentimiento de soledad” como es asimilado por Paz, Santiago Ramírez se destacará por una psicología de las motivaciones que bien puede exponer el fondo de una subjetividad cuya homogeneidad implica precisamente la falta de homogeneidad y el predominio de una profunda tensión como característica del denominado “sentimiento mexicano”.

3. Samuel Ramos: el sentido de inferioridad

Samuel Ramos considera que lo esencial de la cultura está en un modo de ser del hombre. La cultura está condicionada de manera bifronte por la mentalidad humana y los accidentes de la historia. En este sentido al proceso de asimilación de la cultura Europea por parte de México, emerge “un espíritu de fuga” que deriva en la autodenigración y sentido de inferioridad. La imitación característica de México (de la que hace testimonio la propia constitución del siglo XIX), aparece como un mecanismo psicológico de defensa que al crear una apariencia de cultura nos libera de aquel sentimiento deprimente.

Para Samuel Ramos nuestra cultura tiene que se derivada. La llegada de los europeos a América destruyó la gran cultura erigida en el territorio en un periodo de desarrollo que divide en dos etapas (trasplantación y asimilación), donde a la Iglesia Católica Romana, corresponde el levantamiento (“civilización”) de la base cultural sobre el establecimiento de un desarrollo dirigido por los criollos.

La servidumbre y el trabajo para los españoles, la explotación, el monopolio del comercio y los beneficios de la minería y la agricultura transportados a España constituyeron la depresión del antiguo espíritu que ya en los comienzos de la vida independiente se manifiesta mediante la imitación irreflexiva de los modelos europeos: Francia como arquetipo de la civilización moderna.

Con base en lo anterior y a partir de Adler, que afirma que el sentimiento inferioridad en el niño aparece al darse cuenta de la superioridad de sus padres, elabora el mismo rasgo para el caso de México cuyo nacimiento a Occidente produce un sentimiento de inferioridad cuya psicología resultante deriva de las reacciones tendientes a ocultar dicho sentimiento. Él “pelado”, por ejemplo, es menos que un proletario, un primitivo que maneja un lenguaje grosero y agresivo; un animal que se entrega a “pantomimas” creyéndose mas fuerte y superior. El pelado busca la riña como un excitante siempre por medio de frases con las que quiere demostrar un presunto predominio. En el fondo, el pelado desea llenar un vacío y disfruta su potencia animal.

Según Ramos, el mexicano ha nacido ante un mundo que tiene mucho poder sobre él y no será sino hasta que el mismo mexicano haya escapado del dominio de las fuerzas inconscientes, cuando aprenda a conocer su propia alma. Una civilización artificial es el obstáculo más serio que puede extraviar nuestra voluntad. La cultura en México ha tendido siempre al aprendizaje de verdades hechas, sin reproducir el proceso viviente que ha conducido a esas verdades. Por eso la cultura no ha sido efectiva como agente de promoción del espíritu. El mexicano no comprende que no basta con comprender la técnica para adoptarla sino que es preciso, además, tener el mismo espíritu de los hombres que la crearon.

La educación, para Ramos, es la única arma que hay para vencer a los vicios del carácter mexicano. La escuela se concibe como el instrumento más flexible que está bajo su dominio. El mexicano tiene un sentimiento de inferioridad que es diferente al de otras razas pues no se manifiesta a la conciencia del individuo tal como es, antes bien, lo consciente son las reacciones que involuntariamente nacen para compensar aquel sentimiento y que, al establecer hábitos, van formando los rasgos del carácter. El mexicano es débil ante el espíritu de cooperación y la disciplina. La introversión que llega a provocar el sentimiento de inferioridad, forzosamente obliga a desatender al mundo exterior y debilita el sentido de lo real; en donde hay un sentimiento de inferioridad surge el rencor, el odio, el resentimiento, la venganza y la ambición desmedida del poder en todas las esferas, grandes o pequeñas, en lo privado o en lo público, en el círculo familiar o nacional.

Distintos elementos de la decadencia nihilista propuestos por Nietzsche destacan con gravedad a partir de estos como muchos otros elementos de la obra de Samuel Ramos: la voluntad adaptativa antes que afirmativa; la “enfermedad” vista como debilidad, una consecuencia de la decadencia vital del organismo que ha perdido su fuerza de afirmación ante la vida y asume su condición de “siervo” ante el “señor”; en una palabra, se trata del impedido y del débil que hacen elogio de su propio sufrimiento en plena coherencia con la moral cristiana. En este sentido el hecho de que la incorporación a Occidente de la antigua cultura, desarrollaría a través del mestizaje el gérmen más poderoso de su decadencia nihilista.

4. Santiago Ramírez: los motivos de la soledad.

Santiago Ramírez propone partir parte de los orígenes, de la infancia histórica tanto individual como genérica y pretende detectar los principios normativos y pautas que condicionadas por ella sirven para definir la actual manera de ser. El encuentro con dicha individualidad conlleva tanto a negar el “sentido doloroso de la diferencia” —o bien expresando una ilusoria igualdad, como desarrollando un sentido “pocho”, es decir, jugando al americano o al francés—, como aceptar nuestro distingo con todo lo que de positivo o negativo implica; intimar con él y dominarlo a través del estudio y elaboración.

A partir de Octavio Paz, Santiago Ramírez señala: “La historia de México es la del hombre que busca su filiación, su orígen (…)”[8]. Para el autor en cuestión: “Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación”[9]. Según el autor, a principios del siglo xvi, la población indígena de Mesoamérica, era según cifras conservadoras de tres millones trescientos mil habitantes, de los cuales, lo que actualmente se conoce como México contaba con una población mínima de 2’400’000 habitantes.

Una población tan vasta, era impensable suponer podía constituir un todo homogéneo. Más bien, la preponderancia de un grupo sobre otro es habitualmente entendido como el resultado de las conquistas de tipo militar, por las cuales, la historia de Mesoamérica se concibe como la sucesión de superposiciones culturales, de acuerdo a las cuales, la cultura de nueva incorporación somete y sojuzga a la precedente.

El acento de la dominación cultural, se intuye, debió recaer en las esferas política, militar y económico antes que en los aspectos religiosos, lo que generó que la tensión social adquiriera características peculiares: por un lado una ambivalencia donde se admiraba y odiaba simultáneamente al conquistador en virtud de las diferencias sociales y jerárquicas que mediaban entre una y otra clase social, en particular entre el pueblo y la aristocracia militar y religiosa, lo que constituía terreno fértil para la expresión de situaciones de conflicto; y por otro lado, las culturas de Mesoamérica tenían metas espirituales, que sus fines políticos y militares estaban subordinados a intereses de naturaleza religiosa, por lo cual, la guerra entre ellos era propiciatoria a metas espirituales y muy secundariamente al logro de propósitos de naturaleza material.

De entre todo lo anterior, gran parte de los sentimientos tiernos, afectuosos y parentales reprimidos se proyectaron en el mito a Quetzalcóatl; arquetipo de la santidad. El mito cobra fuerza significativa a la llegada de los españoles, cuya imagen fue visualizada de una forma dual: por un lado, el grupo dominante vio en ellos una amenaza subjetiva —la bondad reprimida, lo positivo rechazado surgía del Oriente—; y por otro lado, la clase sometida vio en la imagen de los españoles la esperanza que habría de liberarlos de una dependencia demasiado pesada y fatigosa.

Ambos factores, fueron utilizados intuitivamente por los conquistadores. Por tales motivos, el autor afirma que lo que conquistó al indígena, fue la imagen que el propio indígena proyectó en el conquistador. Este contexto marcó el encuentro de dos culturas: para uno la guerra era propiciatoria a intereses estrictamente materiales, donde la religión tan sólo era emblema justificativo y pretexto de su codicia; en tanto, para el otro propiciatoria a entidades internas y espirituales.

Todo lo antes dicho posibilitó la conquista: “Cuando el mundo indígena, tanto el autócrata como el sometido, se dio cuenta que los conquistadores no eran ni amenaza ni esperanza, era ya demasiado tarde.”[10] Psicológicamente, el nativo comprendió que el español no era el “hermano que habría de liberarle del padre cruel”, antes bien, comprendió que había sustituido a un padre por otro. Tan sólo con la diferencia de que este padre utilizaba formas de tiranía novedosas, era codicioso y pragmático; tenía atributos de lenguaje, religión y modos incomprensibles y dramáticos para el indígena conquistado.

De todo ello deriva que el autor utilice la iconografía ofrecida por un coloquio de León Portilla para redondear la argumentación de lo evidente: “… el indígena sentía sobre sí la destrucción del mundo de sus valores”. Para el pensamiento religioso español no había posibilidad de conciliación, aunque claro está que la supervivencia de la religión indígena en formas de culto cristiano sigue siendo un fenómeno presente hasta nuestros días. El panorama histórico del mundo que se inicia lleva el signo del conflicto y de la tensión social. Un grupo pequeño y homogéneo en intereses e ideología va a dominar a vastos sectores sociales a los que no comprende y no toma en cuenta.

Esta génesis trágica tuvo de protagonistas a tres grandes grupos sociales: el indígena, quien tuvo que renunciar total y cabalmente a sus antiguas formas de expresión; el mestizo; y en algo que parece una simbiosis, la mujer indígena y el español, éste último paulatinamente dominado por sus antiguos valores, magnificados por la distancia, y que demeritaban un mundo atractivo sólo por todo aquello que le hacía accesible, pero en realidad carente de sentido.

El otro elemento, la mujer indígena, destaca en cuanto la valoración negativa hecha de ella por el español, quien añoraba sus protoimágenes, en todos los órdenes, dejadas al otro lado del Atlántico, por lo que la mujer es devaluada en tanto se la identifica como indígena; paralelamente a ello, el hombre es sobrevalorado en la medida que se le identifica con el conquistador y sus atributos: dominante y prevalente. Masculino-femenino, se identifican con activo-pasivo. La mujer es objeto de conquista y posesión violentas y sádicas; su intimidad es profundamente violada y endida.

“Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su seno, en su ‘rajada’, herida que jamás cicatriza … toda abertura de nuestro ser entraña una disminución de nuestra hombría”:Octavio Paz

En este contexto, la mujer satisface las necesidades sexuales, pero siempre en una condición desvalorizada. En virtud de ello, la mayor parte de los mestizos nacieron bajo el estigma del desamparo y del abandono paterno, donde en el mejor de los casos en que existió preocupación, éste obedeció principalmente al sentimiento de culpa. Todo ello derivó en una actitud del mestizo, quien va a equiparar paulatinamente la masculinidad con la fuerza, la capacidad de conquista, el predominio social y la filiación ajena al suelo. Debilidad, femineidad, sometimiento, devaluación social y fuerte raíz telúrica, serán en contraparte, rasgos eminentemente femeninos e indígenas.

Sin embargo emerge una contradicción: el hijo criollo, producto de la “importación” de una mujer que en contrapartida será altamente valorizada, se encuentra en presencia de un doble objeto: una mujer valorizada pero distante, y una mujer culturalmente considerada como un objeto mercenario pero que para él era la fuente de calor, seguridad y afecto.

En síntesis esto dará lugar a dos tipos de hombre: el criollo y el mestizo, bifurcación que se ve reforzada por la filia masculina. El padre del criollo se enorgullece del hijo y trata de reparar su historia de frustraciones pasadas, dándole a éste todo lo que él no tuvo. En proporción directa, el criollo siempre tuvo ante sus ojos a un padre fuerte que le impulsaba a defender y a identificarse con los privilegios obtenidos; un padre que no solamente le impulsaba a ser lo que él había sido sino lo que para el conquistador constituía el galardón de la hidalguía y del buen vivir. El resultado fue el engrandecimiento paulatino del Don Nadie, en tanto que el ninguno nativo se minimizaba en una relación de causalidad inversamente proporcional.

“Don Nadie es funcionario o influyente, tiene una agresiva y engreída manera de no ser. Ninguno es silencioso y tímido, resignado. Es sensible e inteligente. Sonríe siempre. Espera siempre”: Octavio Paz

En este mundo, todo lo indígena trató de ser borrado sin existir tregua a los valores previos. Quien en el pasado desease sobrevivir debería esconderse, disfrazarse y adoptar nuevas formas. Este fenómeno del conquistador no puede decirse espontáneo. Día a día somos conquistados y cada uno de los conquistadores trata de magnificar la ciudad. Así surgen las nuevas colonias ostentosas y suntuosas, en que el despliegue de lujo es el resultado de la inseguridad básica y de la necesidad de demostrar ante los propios ojos la nueva grandeza, con la cual trata de mitigar la pobre solemnidad de su lugar de origen.

Las identificaciones primarias del criollo, le llevan a querer jugar, competir y participar con lo nativo y a competir ostentosamente con sus connacionales. Y por otra parte, sus padres tratarán de sobrevalorar un pasado con el cual el pequeño criollo no tuvo contacto. Así, en la opinión del autor, el criollo se verá ante el conflicto de lealtades: si se asimila de acuerdo a sus necesidades, encuentra el rechazo de los padres, si por el contrario, acata a los padres y se mantiene aislado de las nuevas formas de vida, encontrará la burla que el ambiente hace de él.

El mexicano, tanto criollo como mestizo, se encuentra ante un conflicto agudo de identificaciones múltiples y complejas, víctima de contradicciones de signo opuesto que necesariamente dejarán insatisfecha una forma de su personalidad. Es precisamente esa necesidad de reedición de las formas de expresión de la cultura precedente, de resurrección de lo pretérito, las que han condicionado un mimetismo totalmente bizarro.

Sin embargo, éste último elemento de la relación —el mestizo— emerge de una imagen distinta de la relación familiar. Por una parte, el padre mantiene poco contacto con él, por la otra le niega las aspiraciones masculinas a las que el niño aspira. Cuando el niño trata de manifestar hostilidad y deseos de identificación con el padre éste lo reprime con violencia y con un mágico y pretendido “principio de autoridad”. Así mismo, a la mujer se le exige fidelidad, y abiertamente se acepta la infidelidad del esposo para quien la relación misma impone una distancia, mitigada a lo sumo por el sentimiento de culpa pero de la cual constantemente trata de distanciarse o deshacerse con expresiones hostiles.

Paralelo a su desarrollo, en el niño mestizo corre la semilla de un desarraigo. Por un lado se rebela contra su origen indio que le ha privado de pertenecer al lugar y sitio de sus anhelos, y por otro, está cargado de hostilidad manifiesta hacia el padre violento y extranjero. Semejante desarrollo le llevará a asumir una ecuación inconsciente —lo indígena y lo femenino— derivada de la contemplación del padre, donde aún y cuando la mujer sea tan mestiza como él, en su interior se habrá hecho a la idea de la superioridad sustancial del uno sobre la otra. Y dado que las significaciones masculinas son esencialmente pobres, hará alarde compulsivo de ellas adquiriendo las características del machismo.

El machismo se entiende por tanto, como el barroquismo de la propia virilidad; la inseguridad de la propia masculinidad heredada de la escasa paternidad introyectada; en el mundo masculino, social y emocional se excluye a la mujer; la vida social es prevalentemente masculina, los contactos con la mujer siempre estarán dirigidos a afirmar la superioridad del hombre; los sentimientos delicados son rehuidos como características de femineidad y amaneramiento.

Hasta nuestros días, contagiando al resto de las clases sociales, el hombre gasta sus ingresos o la mayor parte de ellos en afirmar la fortaleza de la que interiormente carece, recurriendo además en su lenguaje a formas y símbolos procaces que harán alarde de la sumisión que las mujeres tienen para con él. En síntesis, la figura fuerte, idealizada, anhelada, no alcanzada y por lo mismo odiada, será la imagen del padre. Por lo mismo, la figura vehemente siempre está pronta a ser víctima de la hostilidad, y todo aquello que en una u otra forma represente la masculinidad ausente y fantaseadamente potente del padre será objeto de agresión. Se atacará lo gachupín o lo gringo, a la vez que se le admirará y anhelará.

El mestizo permanentemente reivindica con respecto a su origen; a diferencia del criollo que nace bajo el signo de la reparación, él viene a la vida con la reivindicación a cuestas y en su persecución encuentra el motor de su conducta, característica de una doble orientación: anhelo y hostilidad. Por una parte, a lo que incorpora le da un sesgo nuevo y original derivado de su origen indígena, y por otra parte, se sabe indio y reniega de ello. Psicológicamente hablando, la causa de esto último obedece al hecho de atacar un objeto externo, proyectado, para no atacar un objeto interno. El mexicano dividido por dentro tiene que colocar sus objetos malos en el exterior para no sentirse destruido por eso mismo que lleva dentro de sí.

Y en complemento, la mujer, a quien le tocó la peor parte, teniendo que renunciar a sus formas y estilos de vida, encontrará en el hijo al depositario del afecto materno, y en cuanto a su relación afectiva, al no verse ésta realizada, buscará una maternidad cuantitativamente intensificada para repararse, a través de uno y otro hijo. El fuerte vínculo desarrollado por la madre durante los primeros meses, será habitualmente negado, ya que afirmarse pondría en duda la filiación masculina y parte del hispanismo que le corresponde. Empero, ante cualquier frustración, el mestizo retorna a su vínculo primario, el único del cual obtuvo seguridad y alucinando el pecho perdido, el único regazo de calor, buscará un sustituto en el alcohol.

Con el tiempo, al relativizarse las fronteras de la sangre y crecer el mestizaje, la frontera hegemónica es la económica, para la cual, de forma semejante con el pasado, una forma de mitigar el propio dolor o defenderse de la crítica de los demás, es adelantándose a éste hecho por medio de la burla de sí mismo, o bien aislándose en el “importamadrismo”. Para el cual se subraya: “Me vale madres”. Según el autor, el lugar donde más fielmente se reflejan todas estas características de la cultura mexicana es en el altiplano, lugar donde el choque y el encuentro fueron más violentos. Además, la aridez, la erosión, la dificultad de vida y otras condiciones hacen que las pautas a la cuales se aluden, sean más intensas. El hombre de norte, en contraparte, es un inmigrante en su propia patria, mexicano que ha podido reparar aquello que el pasado le negó. Por ello se les llama progresistas; el hombre del norte hace civilización más que cultura.

5. Hacia una Conclusión

Molina Enríquez coloca “lo mexicano” en función de su origen mestizo. Para los pensadores del XX bajo la perspectiva de la psicología, el sentimiento mexicano como sentimiento mestizo parece colocar el nihilismo como acento de nuestra cultura. Una identidad desgarrada cuyo espíritu mantiene la tensión original de una génesis de conquista. Los mexicanos no somos propiamente los conquistados pero tampoco los conquistadores sino su mezcla, su engendro decadente en el peor sentido de Nietzsche.

Al sentimiento mexicano subyace el anhelo por la fortaleza de la que interiormente se carece y para ello se recurre al lenguaje, a las formas y símbolos procaces, a una historia que trata de construir para sí misma la imagen de triunfo y conquista. A todo subyace el anhelo por la fuerza, de ahí nuestra profunda soledad, de ahí nuestro sentimiento de inferioridad.

Al interior de estos mismos puntos de vista sobresale la diferencia aludida a la filosofía en México frente a la filosofía mexicana. México como lugar de la copia o la asimilación de lo externo y la falta de una voluntad fuerte para el propio desarrollo y concreción de una propia filosofía.

No obstante queda aún la posibilidad de una libertad que más allá de “lo mexicano” hace del ser humano dueño de su propio destino. A la manera de nuestro símbolo patrio, México es todavía la evidencia de un conflicto que nos enfrenta con nosotros mismos, tal vez con la naturaleza psicológica en la que tanto énfasis hacen estos autores, pero también con las vastas posibilidades de una humanidad donde aún para Ramos, la enseñanza aparece como la expresión del empuje vital de un pueblo que quiere afirmar y justificar su existencia.

México puede tener una visión a futuro distinta donde descubra en el país los valores que antes no se había visto y por lo tanto empiece a tener una relación distinta con el mundo del que es origen: un mundo que ya no sea extranjero o indígena sino más propiamente mexicano.

Bibliografía

Nicol, Eduardo., “La Psicología de las Relaciones Vitales”, Fondo de Cultura Económica, México, 1963.

Nicol, Eduardo., “Crítica de la Razón Simbólica”, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.

Nietzsche, Friederich., “Sobre la Utilidad y los Prejuicios de la Historia para la Vida”, Traducción de Dionisio Garzón, Biblioteca Edad, Madrid, 2000.

Molina Enríquez, “Los Grandes Problemas Nacionales”, Obras digitalizadas cedidas por El Colegio de México (Antigua Casa de España), disponible en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/ecm/01471652101247384191291

Paz, Octavio., “El Laberinto de la Soledad”, Fondo de Cultura Económica, México, 1993

Ramírez, Santiago., “El Mexicano, psicología de sus motivaciones”, Editorial Grijalbo, Decimoséptima edición, México, 1977, 191 pp.

Samuel Ramos, “El perfil del hombre y la cultura en México”, Austral, 1951


[1] Nicol, Eduardo., “La psicología de las situaciones vitales”, p. 112

[2] Cf. Ibid, pp. 133-134

[3] Nicol, Eduardo., “Crítica de la Razón Simbólica”, p. 143.

[4] Cf. Nietzsche Friederich., “Sobre la Utilidad y los Prejuicios de la Historia para la Vida”, Traducción de Dionisio Garzón, Biblioteca Edad, Madrid, 2000.

[5] Molina Enríquez divide a la población en tres grandes grupos: indígenas (por ese tiempo bastante más de la tercera parte de la población total), mestizos y criollos. Pese a su gran número el grupo indígena vive marginado de la vida política y social. Quienes participan en la vida política son los mestizos y los criollos. Divide a los mestizos en cuatro subgrupos: rancheros; empleados; profesionales; revolucionarios. De esos cuatro grupos los que detentan el poder real son los “revolucionarios”. El término se refiere a aquellos que llevaron -Plan de la Noria- a Porfirio Díaz al poder. Entre ellos el Presidente designa ministros, gobernadores, jefes civiles y militares, etc. Entre los “rancheros” se reclutan jefes y oficiales del ejército de los rurales. “Empleados” y “profesionistas” son los cuadros de funcionarios y jefes que requiera el gobierno. Los criollos los divide en criollos antiguos y criollos nuevos o liberales. Los antiguos criollos son divididos a su vez en criollos señores (conservadores y moderados, jerarquías en buenos términos con Díaz, a instancias de mantenerse la separación entre Iglesia y Estado) y criollos clericales, “reaccionarios” – (El País, de Trinidad Sánchez Santos, sería su periódico). Los criollos conservadores -hacendados, ricos de mucho tiempo, etc. – y Díaz mantenían relaciones de distancia y respeto mutuo. De los criollos moderados sacaba el porfiriato los cuadros para el servicio diplomático y las obedientes cámaras de diputados y senadores. Su periódico era El Tiempo. Criollos nuevos o liberales eran aquellos que habían tomado de alguna manera el partido liberal durante las luchas con los conservadores. Díaz les entregaba puestos más técnicos que políticos, la economía y las finanzas por ejemplo, a ellos pertenecían Limantour y los científicos. Su periódico era El Imperial. Asimilables y afines a este grupo de criollos señala Molina a los “extranjeros” españoles, franceses, alemanes, a los que se incorporaba un nuevo grupo especialmente agresivo, poseedor de dos diarios, los norteamericanos. Cf. Molina Enríquez, “Los Grandes Problemas Nacionales”, en especial Capítulo V.

[6] “Sostengo que algunas expresiones del carácter mexicano son maneras de compensar un sentimiento inconsciente de inferioridad”, Samuel Ramos, “El perfil del hombre y la cultura en México”, Austral, 1951, pág.14.” ¿Qué cosa es el sentimiento de inferioridad sino el de superioridad disimulado? …La inferioridad nuestra no es sino el sentimiento disimulado de una excelencia que los demás no alcanzan a distinguir” Carlos Fuentes,La región más transparente”, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, pág. 62.

[7] Paz, Octavio., “El Laberinto de la Soledad”, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.

[8] Ramírez, Santiago., “El Mexicano, psicología de sus motivaciones”, Editorial Grijalbo, México, 1977, pp. 15-101.

[9] Ibidem.

[10] Ibid, p. 51

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