Proceso 2012 (2)

El arranque de las campañas políticas en el Distrito Federal refleja el endurecimiento de las preferencias políticas en México. Un bajo nivel de creatividad y de compromiso real de los candidatos con el electorado, aunado al breve periodo de tiempo que duran las campañas, dejan al proceso con un escaso nivel de fluctuaciones. Predomina el posicionamiento previo de los candidatos y los emblemas sin altas posibilidades de alteración en las tendencias.


El domingo 29 de abril dió inicio el proceso electoral del Distrito Federal. En el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, la candidata del PRI al gobierno capitalino inauguró oficialmente su campaña ante apenas 7 mil personas, la mayor parte de ellas, traídas desde el Estado de México y pertenecientes al movimiento Antorcha Campesina. La parte superior del auditorio se encontraba vacía. Se trató, como en el pasado, de un mitin institucional distante por completo de los ciudadanos comunes. No obstante, la visión de los priístas era dogmática y sobre todo, mediática. Pedro Joaquín Coldwell ofrecía declaraciones que sobredimensionaban las cifras de los asistentes y bueno, la distancia con la sociedad les permitía hacerlo.

Es un hecho consumado que los ciudadanos de México muestran una actitud pasiva ante sus políticos y específicamente, ante sus candidatos. Pocos líderes son capaces de aglutinar ciudadanía independiente de las organizaciones políticas y sindicales. La política en México es un sistema solar con sólido poder central y un conjunto de instituciones y organizaciones que giran a su alrededor. Ellos conjugan la gobernabilidad del país no obstante, la mayor parte de la población deviene caóticamente como un conjunto de fragmentos dispersos que difícilmente consiguen aglutinarse para formar otro cuerpo.

Asimismo, el bajo nivel educativo de los mexicanos hace que el factor emotivo tenga una singular participación con relación al estándar internacional. Si bien, la democracia del mundo tecnológico hace del elemento emotivo su principal componente, éste además, en México, recibe el impulso de la pobreza extrema que lo combina con los beneficios directos que recibe la ciudadanía a través de los gobiernos, las organizaciones y los partidos. De ahí que la gente en México tenga un decisión electoral comprometida mucho tiempo antes de que empiecen las campañas y casi sin importar el contenido de éstas.

A nivel nacional, Enrique Peña Nieto consiguió posicionarse como el más fuerte aspirante a ocupar la presidencia de México con mucha anticipación al término de su mandato en el Estado de México. Sin embargo, no fueron los resultados de una gestión exitosa sino los beneficios derivados a clientelas políticas específicas, una proyección mediática a nivel nacional impulsada por Televisa y un consistente trabajo de imagen pública que apenas se vio comprometido hace unos meses, los que hicieron de Peña Nieto una figura nacional y el favorito para ganar los comicios del próximo mes de julio. En resumen, las aspiraciones de Peña Nieto se fundaron en cientos de millones de dólares de trabajo mediático y clientelar.

En el Distrito Federal, el ex-procurador Miguel Mancera, un virtual desconocido, recibió el ánimo de continuidad de una izquierda que no ha escatimado recuerso en la aglutinación de clientelas, no obstante puedan presumirse logros consistentes derivados, principalmente, de: un ánimo de continuidad entre sus gobiernos, una administración pública que le dió sustentabilidad a la capital de México, pero también, principalmente, una amplia política de beneficios sociales. Bajo tales antecedentes que lo respaldan, difícilmente Miguel Mancera cederá su puesto ante la oposición de la priísta Beatriz Paredes Rangel.

Los factores que pueden, en última instancia, desequilibrar la balanza son, fundamentalmente, los errores derivados de un planificación política deficiente y orientada al servilismo ante los líderes. En México, los poderes centrales mandatan con una fuerza asfixiante y que puede asfixiarlos a ellos mismos como en su conjunto al sistema político. Por ende, no es la ciudadanía independiente la que elige, sino los partidos, los gobiernos, los grupos de poder económico y las organizaciones que pierden o ganan posiciones de poder a partir de su mejor o peor operación político-electoral.

En el fondo y como fuera durante los 70 años de gobierno del Partido Revolucionario Institucional, los mexicanos resultan distantes frente a sus autoridades. Mucha tinta, muchas opiniones, muchos diarios y sin embargo, pocas acciones, débiles iniciativas y un alto grado de continuidad o más de lo mismo, como se dice coloquialmente en México. Por lo tanto, una buena planificación de las acciones políticas, evitar la sobre exposición de los candidatos y el sobre dimensionamiento de las candidaturas, debería bastar para que los aspirantes que llevan la delantera consolidaran sus objetivos.

Comments are closed.