Ecología y Política Ambiental en la Ciudad de México

La Supervía poniente ha despertado profundas críticas contra el gobierno de la capital de México. Sin embargo, el activismo de distintos grupos protectores del medio ambiente, pasa de largo cruciales aspectos que tienen que ver con la sustentabilidad de la Ciudad. El reduccionismo que denotan con su crítica hace que dichos grupos evidencien una bandera política tras la máscara de la cruzada ecológica. En el fondo y manchado por las ambiciones de poder subyace la viabilidad del Distrito Federal.


Inconformes con el proyecto de la Supervía Poniente han tildado de “ecocida” al Jefe de Gobierno de la Capital de México, sin embargo, quienes reproducen esta conducta olvidan que luego de casi un siglo de administraciones federales y dos gobiernos de izquierda electos popularmente, sólo la presente administración encabezada por Marcelo Ebrard Casaubón se preocupó por la sustentabilidad ecológica y la infraestructura del Distrito Federal. El proyecto, efectivamente, produce un impacto ambiental que no es poco relevante al corto plazo pero que, en su visión integral, resulta una iniciativa prometedora al mediano plazo.

De hecho, en el diagnóstico de la Ciudad de México, los inconformes al proyecto se olvidan de que la crisis ambiental y la viabilidad de la actual urbe se remonta a su propia fundación. La antigua Tenochtitlán se fundó a una gran altura sobre el nivel del mar y en una cuenca cerrada, zona que además, hoy sabemos, se encuentra en una zona sísmica y en las proximidades (72 km) de uno de los volcanes más grandes y con mayor potencial destructivo del mundo.

A la sismicidad y el intermitente riesgo del Popocatépetl se suma el efecto del Cambio Climático Global y que afecta a la urbe mediante inciertos patrones de lluvia y de sequía. Al desaparecer el antiguo lago de Texcoco, buena proporción de la ciudad presenta un subsuelo que oblitera las ondas sísmicas, pero además, en virtud de la misma cuenca, el problema del agua es dual: por un lado, hacer llegar el vital líquido a 9 millones de habitantes; por el otro, hacer salir el agua que, por tendencia natural, tiende a acumularse dentro del cuenco a partir de las precipitaciones.

Como ejemplo de lo anterior, en el 2009, el sistema Cutzamala que nutre de agua a la Ciudad de México estuvo por debajo de sus límites históricos, lo que puso en serio riesgo no sólo a la Ciudad sino al Valle de México. Asimismo, el drenaje profundo fue calculado para un cierto volúmen de agua y diseñado bajo condiciones que, ahora, se han visto afectadas por la negligencia de las autoridades y el hundimiento progresivo de la Ciudad. Bajo tales condiciones, un crecimiento intempestivo de la precipitación o bien, una sequía prolongada, puede generar una crisis de magnitudes incalculables.

La Ciudad requiere, por consiguiente, de una inversión continua en infraestructura ambiental: aumentar la capacidad y eficientar regularmente el diseño del drenaje profundo, así como de las plantas de bombeo, etc.; desarrollar de manera acelerada una infraestructura de aprovechamiento del agua, así como un cambio en la visión social del medio ambiente. En estos términos, consideramos, la actual administración ha hecho en 6 años lo que no se hizo en 70. La Ciudad de México vive una transformación estructural avanzada pero son apenas las bases.

Se requiere invertir igualmente en la reducción del gas metano y el calentamiento del Valle de México. Se requiere de un replanteamiento integral de la actividad industrial, la infraestructura y la cultura del transporte; innovación y tecnología, educación y aprovechamiento de recursos. Todo ello, es una tarea y una inversión incalculables para una de las ciudades más pobladas del mundo y sometida a condiciones geofísicas por demás riesgosas.

No obstante lo anterior, casi todos los rubros se inauguraron en los últimos seis años. Igualmente se diseñó un Plan Integral de Movilidad que comprende la construcción de infraestructura vial (donde se incluye el proyecto de la Supervía) y que tiene por objeto, agilizar el flujo de vehículos automotores y con ello, disminuir la concentración de contaminantes. Igulamente, se dió impulso a los sistemas de transporte público de bajo nivel contaminante y a la cultura de medios alternativos de transporte.

Las acciones son desmesuradas debido al lapso de tiempo y a la urgente necesidad que imponen el nivel de población, el estado y nivel del parque vehicular, la pobre infraestructura, las condiciones geográficas y del subsuelo; en otras palabras, la problemática. Frente a ella, las medidas son considerables y sin embargo, preeliminares. Sobra añadir que el incremento de la vida tecnológica supone un correlativo incremento del consumo energético lo que impacta gravemente el medio ambiente bajo las actuales tecnologías. Difícil resulta, por lo tanto, proveer una visión global de las condiciones puede esperar la Ciudad de México y sin embargo, dada la magnitud de los hechos, una de las paradojas es que, eficientar la movilidad automotriz y con ello reducir la concentración de contaminantes representa un mayor beneficio que el área verde afectada. Antes bien, lo que se requiere para evitar la concentración de contaminantes, es que, un área verde como la que ahora se afecta a partir del proyecto de la Supervía, se desarrolle por toda la Ciudad.

Los cálculos son contundentes pero los intereses políticos no toman en cuenta sino el aspectos parciales para demeritar el proyecto. El bajo nivel educativo de la población no sirve de apoyo a las medidas integrales y drásticas que se requieren y que, ante el sentido común, pueden parecer contradictorias con los fines. No obstante, el cambio en el patrón climático global pone a la Ciudad de México ante una seria crisis. Bajo tales expectativas, los ecocidas tal vez se encuentran ahora investidos con disfraces “ambientalistas” y estos ecocidas pueden rápidamente derivar en genocidas si no promueven una visión integral del medio ambiente.

Tal vez baste un dato para darse cuenta si las actuales políticas públicas en la Ciudad de México han sido favorables o no: piénsese en los índices de contingencia ambiental que han dejado de ser motivo de alarma constante. Los promotores anti-supervía, sin duda, no tienen en cuenta la complejidad del mecanismo de tiempo que integra la bomba que es el Distrito Federal.

La Supervía poniente ha despertado profundas críticas contra el gobierno de la capital de México por parte de distintos grupos protectores del medio ambiente. Sin embargo, el activismo pasa de largo cruciales aspectos que tienen que ver con la sustentabilidad de la Ciudad de México. El reduccionismo que revelan en su crítica, hace que estos grupos descubran una bandera política tras la máscara de la cruzada ecológica. El riesgo es que en el fondo de todo y manchado por las ambiciones de poder en época electoral subyace la sobrevivencia del Distrito Federal.

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