El Petróleo Mexicano

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Apuntes para una Transformación Estructural

Sabazios¿El petróleo es nuestro? Una de las peores insuficiencias de México recae en su tradición social y política. En la década de los años setenta, el petróleo para México no representó otra cosa que endeudamiento. La frase demagógica de sus gobernantes en ese momento, la “administración de la riqueza”, ocultaba una deficiencia estructural que terminaría en su consecuente crisis en los años ochenta.

La paraestatal Petróleos Mexicanos (PEMEX) ha sido una empresa plagada de corrupción, deficiencias productivas, atraso tecnológico y demás factores que han hecho del petróleo un mal sueño de la economía mexicana. Si bien el equilibrio posterior en la balanza comercial sofocó la sobrecarga petrolera en los ingresos mexicanos, dicho recurso sigue siendo la fuente principal de divisas para el sector público, atrayendo con sus fluctuaciones constantes recortes a los programas sociales que tanto necesita el país.

Las preguntas que se imponen son más evidentes: ¿hasta qué punto el petróleo les pertenece a los mexicanos si carecen de la tecnología para explotarlo? ¿En qué medida el petróleo les ha pertenecido, aun con *su tan aclamada expropiación petrolera*, si la corrupción y malos manejos en la paraestatal ha impedido que los ingresos petroleros se reflejen en un efectivo desarrollo económico y social? Aunado a ello se encuentra el tema de la distribución de ese ingreso, donde los estados petroleros como Campeche, se ven obligados a financiar antes que el desarrollo, el desarrollo de una clase política nacional.

Sin entrar en los oscuros pasadizos del discurso ideológico-político, hay que observar las diferencias entre México y su vecino, los Estados Unidos, para darse cuenta de la auténtica soberanía petrolera. En México hablar de privatización en relación con sus recursos naturales y el petróleo, por herencia histórico-política, es casi un pecado. El discurso ideológico inmediatamente señala un saqueo para el país y en el caso concreto, surge el lema “el petróleo es nuestro”. Sin embargo, el aprovechamiento del hidrocarburo en México no es comparable al de los Estados Unidos donde predomina la iniciativa privada.

Público o privado, el acento recae en la corrupción y administración de los recursos pero sin duda, a nivel global, el modelo privado ha demostrado ser más eficiente y con mayores estándares de productividad que el modelo público. En todo caso, la relación sólo se invierte en relación con la explotación de países colonialistas como fue el caso de Francia. En este sentido y de manera alarmante, el petróleo de México no ha sido en ningún momento para los mexicanos sino para el beneficio de sus “gobernantes” y sin duda, de los intereses internacionales que han sabido explotar el factor estratégico de sus recursos.

Urge en México una reconversión, la planeación de reformas estructurales coherentes además, con el futuro a escala global. En este sentido, sin embargo, no sólo México sino en general, en el mundo, las economías parecen obstinadas en liberar a la atmósfera hasta la última gota de hidrocarburos antes que emprender dicho tipo de reformas.

Falta una prospectiva radical que diseñe a mediano y largo plazo el futuro de la productividad y el desarrollo productivo sobre la base de una energía limpia. La historia ha sido consciente hasta qué punto un sólo individuo pudo afectar drásticamente la atmósfera planetaria en beneficio del modelo Occidental de progreso. Nos referimos a la implementación del Tetraetilo de Plomo o TEP y que impidió de suyo una recesión en la industria automotor en los años treinta e incrementó los índices de productividad general, al contrarrestar la denominada Recesión del Asiento de las Válvulas de Escape o EVSR (Exhaust Valve Seat Recession) pero que generó, en contraparte, una contaminación de plomo a escala planetaria que impactó sensiblemente los índices de desarrollo humano hasta entrados los años 90.

Dicha implementación se debe al científico Thomas Midgley, Jr., quien también desarrollo los Clorofluorocarburos (CFC) que reemplazaron en su momento diferentes fluidos tóxicos utilizados en las bombas de calor y en los refrigeradores, terminando por usarse también en los spray y otros productos que a largo plazo afectaron la atmósfera, siendo su caso más conocido, el deterioro de la capa de Ozono. Este último caso es ilustrativo pues aún ahora, las bombas de CFC resulta de una alta eficiencia comparada con las tecnologías ecológicamente más sustentables.

La disyuntiva se mantiene vigente: apostar por un desarrollo y modelos de productividad ecológicamente no sustentables o bien, apostar por una reconversión estructural de nuestra economía. Tanto en uno como en otro caso, la crisis energética que enfrenta nuestro planeta implicará un impacto en el desarrollo y la productividad a nivel global por lo que, en última instancia, el factor decisivo recae en el modelo científico-técnico Occidental; un modelo que aprecia la relación planetaria en un sentido instrumental y centralizado en la humanidad.

En lo que hace al tema original, este tipo de ideas suenan más que distantes de la realidad mexicana que seguirá, muy posiblemente, con el ensueño de su patrimonio petrolero hasta el fin de los días.

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