Productividad y Poder en México

AMLO Anonymous

SabaziosA lo largo de distintas conversaciones sostenidas estos últimos años con distintos empresarios y políticos, principalmente en los Estados Unidos, se destaca una percepción nada favorable sobre el modelo de negocios de México. Sin dejar de reconocer los avances de la economía mexicana, cabe reconocer que la cultura productiva del país se encuentra en desarrollo. La productividad, de hecho, fue uno de los principales tópicos en la agenda de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari quien, en su momento y teniendo en cuenta los disposiciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, así como el imperativo de superar la crisis estructural del sistema económico de México, se dio a la tarea de introducir el concepto “productividad” con todas sus implicaciones.

La tarea no fue sencilla pues la cultura mexicana es de carácter vertical, centralista y proteccionista, anclada en más de medio siglo de monopartidismo (PRI), componendas corporativas, patrimonialistas y concentradoras de las necesidades sociales. Subsidios, sindicatos, clientelas y cuotas de poder, componen el espectro político-económico de México. Algo tan simple como las frases, *el que se mueve no sale en la foto* y *¿Qué hora es? La que usted diga, señor*, dan testimonio de su modelo de “desarrollo”.

En otras palabras, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus antecesores, no sólo estabilizaron un país, sino que lo hicieron desde la base una cultura centralista y profundamente autoritaria. No es extraño entonces que el PRI, históricamente, resulte más un partido de “izquierda” que de “derecha” y que resulte a la postre, la cuna de la clase política en México. No sólo, históricamente, la simulación democrática del PRI alimentó a partidos como el Popular Socialista sino que el actual Partido de la Revolución Democrática —quien absorbiera vía el Frente Democrático Nacional al antiguo Partido Socialista Unificado de México, antes, Partido Comunista— se engendró bajo el liderazgo de los ex-priístas Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Porfirio Muñoz Ledo.

A partir de lo anterior, no sólo Andrés Manuel Lopez Obrador sino hasta el ex-salinista Marcelo Ebrard Casaubón, se adjudicaron la denominación de “hombres de la izquierda”, no obstante lleven en la sangre el ADN del PRI. Así por ejemplo, Andrés Manuel López Obrador resulta un líder populista y movilizador de clientelas; un mesías capaz de ofrecer grandes obras sociales pero carentes de planeación productiva. Más allá de la opinión de sus asesores, técnicos, especialistas o ingenieros, se encuentran sus muy personales expectativas de poder. Más recientemente y como solía escucharse en las reuniones del Gobierno del Distrito Federal con los miembros de la iniciativa privada –específicamente durante la implementación del Plan Verde en la pasada administración de Marcelo Ebrard–, *para la política, lo urgente (entiéndase: los intereses del patrón) resulta más importante que lo importante*.

Así se explica el caso de la Línea 12 del Metro, donde al tren se lo tenía que hacer andar aún con “burros” si fuera necesario y sólo porque ya se habían programado los recorridos de fin de semana. Al grito de “puedes o lo hago yo”, la obra tenía que estar terminada antes del fin de su gestión (en este caso de Ebrard Casaubón), pues la obra constituía su “gran sello”; se trataba de esa obra monumental y en México, tomo el lugar de aquellos antiguos monumentos, comunes a los regímenes autoritarios.

En el balance final, la administración de Ebrard Casaubón no deja una ciudad con movilidad urbana ni mucho menos, con movilidad social. Previamente, con Andrés Manuel López Obrador, algo semejante ocurrió con los segundos pisos y el famoso “emplacamiento”, donde hasta los funcionarios públicos tuvieron que salir a repartir las placas para cumplir con los plazos anunciado públicamente por el líder. La pregunta entonces, es muy simple: ¿cuánto dinero se pierde por la falta de una planeación productiva? ¿Y cuánto más se ve comprometido por la iluminación, las ambiciones y los compromisos de poder de un líder? La Línea 12, por si misma, es un ejemplo y en el caso de López Obrador, los caprichos mesiánicos le costaron caro: si el líder no consideraba oportuno ir a un debate, sencillamente no lo haría; no obstante Marcelo Ebrard tuviera mejores oportunidades de alcanzar la presidencia, su liderazgo terminó imponiéndose.

La lógica donde al Führer no se le cuestiona sino que se le interpreta y obedece, sólo cosecha éxitos instantáneos y fracasos al mediano y largo plazo; tal como pueden atestiguarlo la alemania nazi, la antigua URSS e incluso, en la actualidad, el régimen de Corea de Norte. El factor clave recae en la principal característica de este tipo de cultura política: el centralismo. La cultura centralista, con todas sus letras, fomenta el aniquilamiento de la innovación, de las fuerzas y del capital productivo; resulta un germen de deterioro y desigualdad.

Habría entonces que preguntarnos, respecto de la transformación económica de México, ¿cuánto nos cuestan las cuotas de poder patrimonialista? Entiéndase lo anterior en sentido amplio: todos los “power” (chorizo-power, gay-power, ‘lo que sea’ power) ¿Y los grandes capitales de la nueva cultura empresarial, alimentados por la cultura centralista, qué tipo de desarrollo económico y social ofrecen para el país? Si la lealtad ha de ser tan ciega como al amor, ello sólo puede considerarse una inversión para los líderes y que se espera, rinda sus beneficios en la próxima contienda electoral. No obstante el cambio en la balanza del poder y el impulso de México como una economía emergente, su falta de una cultura productiva le resta cualquier expectativa de desarrollo. México es víctima del principal signo de su cultura: el patrimonialismo centralizador.

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