Jun 022009
 

El placer de la magia deriva del poder y éste resulta uno o el principal tabú de la cultura monoteísa. El sentimiento de quienes temen al resultado de la magia, deriva de un cosmos donde el individuo se aleja de sí por el miedo. De un lado, la magia no es para cualquiera, aunque resulta posibilidad de cualquiera. Por otra parte, el mundo mantiene la esquizofrenia de lo existente desgarrado e insta a creer en fantasías trasmundanas que sirven de fuga e instancias facilitadoras del dominio. Al respecto, la pregunta reveladora es: ¿No es más fácil gobernar un mundo de corderos que un mundo de lobos hambrientos? Empero la frase no es más que un sofisma: en la naturaleza, el número de presas rebasa con mucho a los depredadores. Asimismo, la magia existe pero no es para cualquiera; mucho menos para niños que juegan con la moda de lo oculto y la fascinación natural por lo prohibido.

No obstante lo anterior, dentro de las fronteras del monoteísmo, se advierte la actividad de sendos grupos que hacen de su ignorancia una norma colectiva, cuando intentan revivir antiguos ritos sin considerar las cadenas que los unen firmemente al universo contemporáneo. Quienes aún distinguen lo blanco y lo negro para hablar de magia y hechicería, denotan las mismas, firmes estructuras impuestas por el dogma Occidental. El mundo de los antiguos dioses poseía estructuras mentales muy distintas a las nuestras. Por lo tanto, hablar de magia cuando se piensa en demonios hambrientos que esperan en algún lugar a que cierto inocente abra alguna puerta y les permita ingresar en nuestro mundo; o bien, efectuar rituales tras los estrechos límites del pentagrama o pentáculo –y ello, para no resultar heridos o afectados por nuestra propia actividad–, no es más que trasladar arbitraria e inconscientemente los valores del mundo de vida cristiano-moderno a los símbolos y ritos de la antiguedad. En este sentido, efectivamente, lo que surge de la magia puede herirnos pues el portal o las puertas que se abren, son las de nuestra propia oscuridad. La energía liberada por los rituales es la misma energía vital del orgasmo o del artista en pleno éxtasis creativo. Todo ello nada tiene que ver con posesiones demónicas o crueles actos de fantasmagoría que pueden llegar a ser, por otro lado, plenamente satisfactorios en una película o para las cuentas bancarias de los “especialistas”. Sin embargo, sendos rituales y grupos, insisten en invocar la potestad de los antiguos dioses en nombre de la trinidad esencial del cristianismo. En otras palabras el dios de los corderos reina sin necesidad de existir.

Ahora bien, podría criticarse la postura previa diciendo que la actividad ritual al interior del pentagrama sucede para acumular o concentrar energía. Ello, sin embargo, no es necesario. Antes bien, lo que se pone de manifiesto es la gruesa muralla interior que de cotidiano nos aísla. Más allá del acuerdo aparente que los “progresistas” puedan tener con nuestras prácticas, la diferencia entre ellos y nosotros será siempre la misma: en la magia wiccan o el “neo-paganismo” en general, hay una pretensión clara en “no hacer daño”. El argumento remite nuevamente al autoengaño y deja caer un velo de ignorancia sobre los principios fundamentales que constituyen toda actividad ritual y creativa. No me es lícito negar que el desarrollo de la magia y la actividad ritual es progresiva empero no hay razón para trazar límites en la tierra o el éter, a menos que se trate de visualizar nuestra propia muralla interior; la misma que nos aleja de las fuerzas o actividad primordial que nosotros mismos somos.

Contrario a ello, la fuente de la magia radica en la relación entre solución y disolución. La inocencia cristiana conmueve de manera repulsiva cuando se trata del tema. Szandor La Vey acierta plenamente cuando afirma que no hay magia blanca ni negra sino simplemente Magia y la razón es que no hay creación sin destrucción. Al comer, al respirar, al beber, destruímos y convertimos energía en la forma de ser que cada uno somos. Para sostener nuestro deseo es necesario destruir. Asimismo el artista lastima y al fecundar se penetra, se hace sangrar; el himen se destruye y no sólo un deseo se satisface sino que ambos seres se transforman irreversiblemente. Cualquier intervención, el simple hablar, escribir, mirar hacia un lado o el otro, desata una serie de eventos in extenso sobre los que no tenemos control. La fascinación “wicca” por la “brujería buena” denota más bien un culto de temor y redención en la ignorancia. Jamás sabremos si una acción produjo la muerte de algo o de alguien y esa ignorancia es placentera. Sin embargo y antes que todo el vulgar autoengaño, la magia implica asumir la propia responsabilidad de ser. La vida es un duelo de inteligencias donde el más fuerte insemina y el más débil desaparece. ¡He aquí la máxima de la naturaleza y del hechicero! Al asumir plena responsabilidad sobre sus actos –en lugar de proyectarla hacia quimeras celestiales o infernales–, el hechicero avanza para convertirse en el artista que es y que, como tal, será juzgado y vivirá eternamente a través de su obra.

Finalmente, al hablar de responsabilidad no hago referencia a ningún tipo de ilusoria colectividad. Antes bien, hago referencia a esferas de responsabilidad fáctica, las cuales se desarrollan naturlamente de dentro hacia fuera; en otras palabras, desde el individuo en cuestión y de ahí hacia los suyos. De la primera persona del singular deriva la primera persona del plural. Esto es, más allá de toda falacia maniquea, el “nosotros” deriva de un “ego”. Correlativamente, el “ustedes” deriva de un “tú”. De esta manera, al hablar de un “ustedes”, el individuo se entrega; no asume su responsabilidad sino que vive sometido a un “tú” anónimo e incógnito que rige mediante dicho control. De ésta manera proliferan el sometimiento, el temor y las quimeras espirituales. Por consiguiente, la hechicería recáe, en última instancia, en un acto de proximidad que de suyo confronta; rompe las ataduras, siente y libera el flujo transformador (creador/destructor) que nos constituye. En última instancia, quien así (se) confronta, termina por apreciar en la respectiva creación su propio reflejo. Sólo así, la magia, la hechicera y el conjunto de practicas rituales, consiguen ampliar las potestades del grupo mediante el contacto con la energía vital y la afirmatividad exponencial de cada uno de cada uno de sus miembros.

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