Oct 252009
 

“Mi piel es tan blanca y dulce como la leche y la miel, cual luna engarzada en negra noche, mientras el agudo esplendor de mis dientes cae sobre su piel, para bañarlo con agujas incandescentes que serán estrellas de sudor y de placer. Mi carne, siempre mi carne ha sido blanca pero también fue amarga; tan amarga como la hiel”.

“Adoro cuando tus ojos se hunden en mi cuerpo desnudo. Adoro cuando tus dedos me acarician como si fuera un piano. Así entonces, quiero estar entre tus manos y perderme; quiero poseerte y que me poseas; quiero apropiarte definitivamente y que me devores, de manera tan devota e intensa, que podamos embarazarnos de una vez. Quiero que me tomes con toda tu fuerza y que me arrojes. Así, como tú mismo lo dices: al abismo, hacia fuera; escúlpeme como al papel, con esas palabras de semen que me llenan”.

“Tengo dolor, me quema el vientre. Tu flama arde como saliva de java. Tan grande eres que mi plenilunio oscurece. Dime Mantus, aquí, abierta como me tienes, ¿es que tengo que devorarte para que no te alejes? Bébe de mis senos y márchate conmigo entre los dientes. Déjame morir, permíteme ir y venir contigo. No te alejes, Hades, Mantus, no me dejes. Y si he de vivir, entonces muere; muere conmigo como lo haces, como lo que eres: eternamente mi amante, mi hijo y mi asesino. Eternamente… mi destino”.

Oct 252009
 

¿Mucho más que carne y sangre? ¿Hueso y piel? ¿Células, moléculas, partículas? Sí, mucho más que simplemente eso: somos mnemé; mnemé y lieb. Somos tiempo. Memoria y deseo, o lo que es igual: pasado y porvenir. El presente es sólo ese instante de confrontación o punto infinitesimal en el que ambos se reúnen en combate; dos piernas que al separarse exponen su oscuridad. Somos el punto, el ano o la vagina; ese clítoris que salta en cuanto se le estimula; vórtice hacia el cual todo propende y cuyo éxtasis es una orgía. Así es como somos, lo que somos y hablamos de un presente presentificante. No hay hueso ni piel que lo resista, ni carne o sangre que lo soporte: la memoria es la marca que deja el deseo al parir y de cuya marca se alimenta.

Así, la memoria y el pasado conjugan la existencia; el tiempo. Eros y Thanatos se enredan como una pareja de amantes y juntos conforman el hilo de la Moira; la hebra de plata que se nombra phycis y zoé, lo mismo que Perséfone. El presente es su vórtice, la singularidad del laberinto; madeja de profusas implicaciones que nos reúne en el santuario inferior; en la gruta, en torno a la vagina.

El falo de Eros es largo, tan profuso y firme como una roca volcánica. Asimismo corta y distiende la carne, alimentándose en tanto fecunda al útero con su oleaje disperso. De ella misma surge y vuelve, de su carne firme y afilada, pletórica en bordes, como son también los pezones o los dedos. Las curvas suaves de la piel reluciente semejan el magma. Observar los senderos y pendientes de un cuerpo desnudo, resulta en la misma o similar experiencia de ver, de sentir la lava o la cera derretida caer por entre las manos o la espalda; y desde ahí, descender hasta el vientre en seminal orgasmo. El deseo hace abrir las piernas y deja expuesto el útero al cielo. Así arde orgulloso ante los dioses que se complacen al sentirlo humedecer.

El frío es un aliento que arrasa y libera los fragmentos de la cópula, elevándolos para alcanzar distancias inhóspitas; sendas fértiles, sendas estériles, empero igualmente plenas de placer y de pena. ¿Cómo describir ese intento fraticida? Las piernas se elevan y revelan el hueco que se ahonda, abismándose como la tumba; como también lo es la boca, por cuya abertura se nutre y bebe una lengua bífida. Tal vez sea mejor dejarlo así expuesto; en sus más simples elementos. No sea que el sol, con su ardiente claridad, convierta en forma lo que por sí mismo es sólo flujo, semen, Eros.

¿Muerte? Ella sólo es memoria, pasado, ausencia y también fantasía. Regocijo será llegar a serlo y también olvido; pues éste es vida sin existencia. ¿Y la vida? ¿De qué vivir se trata? Tampoco sabes nada, ni yo, ni nadie, pues sólo es lieb, deseo, futuro y también fantasía. Nosotros, cada uno, somos esa fantasía; ese vórtice, ese cóito, ese hueco o volcán que eyacula en espectral orgasmo.

Oct 252009
 

Tengo hambre y deseos de enterrarte entre las arenas de mi carne. Anhelo el instante en que se hunda la pala de mis ansias para extraer tu mortaja y vestirla con el aroma de la saliva. Deseo arrancártela, mujer, a pedazos con mis dientes y que nuestros nudillos se aprieten. Deseo el sonido quejumbroso de tus piernas, que la madera se quiebre y sus goznes lloren; hasta la jugosa punta de tu lengua. Es de tí eso, lo primero que bebo y mi goce recibe el néctar que alimenta la sed de un asesino.

Tú me liberaste y yo hice lo mismo contigo: arranqué una a una las agujas de tu dolor; aquellas que te penetraban noche tras noche y día tras día. Suturé tu piel con el extraño sabor de la acacia y el litio, a veces con el ajenjo; otras más, con el semen de tus amantes de heroína. ¿Cuántas lágrimas de alcohol, querida? ¿Cuántas sonrisas de ácido lisérgico? ¿Cuántas? ¡¿Cuántas fueron tus lunas de youmbina?! ¿Cuántos hijos perdió tu vientre? Tanto sufrieron tus brazos que ni el periódico del mediodía pudo oscurecer el rastro de su regocijo. Vivías una frenética agonía y mientras tanto, yo sólo quería matarte, vida mía.

Ahora la obra termina, el telón desciende luego de 28 días. Ya puedo devorarte, luna nueva, niña de naftalina. El caldero de tu vientre arde en orgía. Silvestre como es, se llena de flores, mariposas y también por las moscas que crecen de tus huesos como las hortigas. Niña mía, finalmente eres una santa en la tierra bendita de tu sepulcro. Ahí donde millones descienden para adorarte, para devorarte y yo seré el último. Ya no puedo modelar tu cuerpo en arcilla, empero y antes que te evapores, habré de hacerte mía.

Que alimento tan fresco es la tierna hoja de laurel que derrama el cielo. Mi deseo es chuparla hasta que envejesca. Quiero succionar con un ritmo quedo, compás a medio tiempo pero que te devuelva en grumos de tormenta. No pude ser un buen padre, tampoco un buen amante, pero seré el jardinero de tu vientre hasta saturarlo de lirios salvajes. Me basta para ello sostener esta punta con mis labios y escuchar de nueva cuenta tu quejido; su eco, como el manantial de mil ríos que acompaña la semilla de tus pezones; un tímido beso y las hojas crujientes se convertirán en flores.

Así como ahora tus piernas: ramas silvestres, raíces o colúmnas de algún jónico templo, de cuyas bases ascenderán las enredaderas. Eloísa, ¿dónde está tu espalda? No la reconozco, sólo puedo sentir un manglar que enebra mis extremidades. ¿Y tus manos? ¿En dónde está la yema de tus dedos? ¿En dónde están las uñas? ¿En dónde dime… está tu corazón? Sólo hay ramas, sólo arbustos, sólo acacia, sólo dolor que se evapora tras la tormenta y te devuelve como niebla. Tales son los vapores con los que viajas hasta mi alcoba que puedo verte, hora tras hora y con el andar de tus brazos de serpiente que se ocultan de la aurora. ¿Dime, querida, en dónde estás?

¿Eloísa, cuál es la naturaleza de aquellos seres? Quiénes son los que aúllan al tocarte, al lamerte y por qué la luna, al elevarse por sobre los matorrales de tus palabras perdidas, arroja un nuevo vigor a la noche. El placer de tu cintura resplandece con el cauce del río. Enormes y fuertes alas se extienden a tus espaldas.  La sombra de tus pupilas acentúa la oscuridad de tus ojos de humo. Tu sóla presencia basta para liberar las entrañas con un grito: ¡es la hiedra! El cuerpo entero, el deseo extático deslumbra como el millón de ojos que cáen a tus pies delante de mi tumba. Cáen para luego ascender por la senda de los tobillos y  mecerse en la cuna de tus piernas bañadas por el rocío; vientre suave y un pubis que produce escalofrío.

Entonces, el masculleo emerge de tu rostro, rompe el espacio y la sonrisa despliega el brillo difuso de tus incisivos afilados.

–¿Quiéres mi falo? –me dices–, si no puedes verlo es porque no lo deseas.

Extraños vórtices de viento se forman a tu alrededor, someras luces que esplenden y desaparecen, haciendo saltar las gotas de sudor. Un temblor me paraliza: es el aroma a néctar de tu vagina.

–Yo soy tu deseo.

Al decirlo, los labios se abrieron para devorarme. Las alas me envolvieron con sus plumas bañadas en sangre. Largas y afiladas uñas cayeron sobre mi pecho y absorbieron mis pasiones como lo haría un colibrí; a través de los surcos por los que toman su curso las infinitas esperanzas. El pene, endurecido en ardorosa búsqueda de aquella guarida tibia y silenciosa, paraliza al caer sobre mi rostro el aliento frío de tu recuerdo. No hay lugar a dónde ir, ni deseo alguno que reprima las ansias de penetrarte. Sólo deseo que tus alas me opriman contra tus pechos y en un instante, puedan tus manos abrir  mi garganta.

–Penétrame –suplico al segundo en que mi lengua acoge tus pezones con desesperación.

Dos falos parecen enredárse haciendo un nudo que estrangula mi respiración. Luego se hunden y la carne exhala un poderoso vaho de plata que hace manar nueva sangre para beberla gota tras gota. Eloísa, has caer tus alas en torno mío, permíteme apoderarme de tu ano. Eloísa, flota contra mi pecho, de espaldas, as텠 con los senos envueltos por las nubes del cementerio. Eloísa, permite que mi semen ascienda y descienda dentro de tí. Antes de morder tu cuello, deja que mis manos opriman tus pezones erectos.

Un gemido profundo estremeció la atmósfera y las paredes de la cámara mortuoria, justo cuando tus manos cayeron contra las mías. El pene parecía ensancharse, la vagina se volvía más y más estrecha. Sólo un agudo y prolongado grito de dolor hizo anunció de la explosión. Violentas sacudidas se sucedían incontrolables una tras otra y hasta socavar la guarida de los ángeles que la rodeaban. El semen caía de sus dientes, empero el miembro no palideció, ni tampoco su deseo. Los dedos se hundieron, la lengua ascendió y lamió. La otra mano descendió para recoger la semilla.

–Yo soy tu deseo –escuché directo al oído y el cielo ardió con terrible fulgor, justo cuando cuando sus primeros rayos cayeron sobre la sepultura y cubrieron los huesos de la amante moribunda con telarañas profusas.

Oct 252009
 

La caricia de los cielos ausentes de tu belleza, configura ríos de seda carmesí que se desprenden de los balcones; cáen por los tejados y se derraman a lo largo de la calle. Ahí, donde la piedra y el hierro ofrecen un aspecto baladí a la forja de inhópspitas prisiones, las celdas se detienen; el tiempo cede y rueda por las coladeras, se pierde. Todo desaparece lento: los esclavos sin culpa; los mesías del desierto ascendente y los rebaños de traidores que cuelgan de cabeza. Las ramas de tus brazos, cual relámpagos de diamante enardecido, sólo respiran tu nombre, Gomorra; proferencia nocturna que masculla el dulce balbuceo de su amante, Sodoma.

……y la tierra se extiende hasta mi lengua.

Labios negros, derramen una gota de sudor. Cual afluentes del Nilo en creciente o manantiales carmesí que alimentan el grial de vino tinto, la cruz de mi cuerpo desnudo te observa parir ilusiones insospechadas. ¿En dónde están las joyas de tu belleza, Sodoma? ¿En dónde se ocultan los jugos de tu espíritu, Gomorra? Mujer, si he de resucitar, necesito beber de tus senos.

“Bebes más y más y no te sacias. Más y más aún y lo quieres todo”. Sodoma, Gomorra, pregunto por tu icor y la respuesta es siempre la misma: “Bebe de él. Ahí de donde mana. Aquí, donde crecen los olivos…”.

……de mi vagina y su agua de limbo.

La luna cáe a pedazos, empapándonos con el sudor de la mandrágora. Los segundos ruedan de mi boca, se derraman entre tus dientes y mi carne inunda tus ovarios. Sodoma, Gomorra, una sola en tibio beso, dulce almendro. Dísese de mi cuerpo que resucitará al tercer día luego del rayo, reuniéndose para descender de las nubes del cielo.

Jamás sentí unos labios tan brillantes, ni melodía tan asfixiante. ¡Eh aquí un higo! Listo para ser coronado con el olivo. Las púas que me despiertan crecen de tus dedos y cual muslos de otoño sobre el nido del pubis, las Mientes se despejan. Sodoma, Gomorra, una tras otra las caricias de mi lengua auguran lo indescifrable; pechos de fiera silvestre, volcán, rayo de sangre, aurora que desciende en erupción cada veintiocho días.

¡Todo ahí, en el Monte de Venus! Donde se crucifica con uñas de mármol negro. Ora por mí, mujer ¡Espérame! Yo resucitaré al tercer día como un bosque de sendos, largos y poderosos falos que serán vuestro regocijo. Despertaré aquí, donde crecen los olivos: entre tus piernas, Sodoma, Gomorra; lenguas que florecen de frialdad; dos puertas y un latido que agita el viento allende las sábanas……

……en el Monte de Venus.

La voz se detuvo. El sudor contuvo su trance y entonces los ojos se abrieron. El pulso desapareció de sus oídos al instante en que las formas emergentes trajeron consigo el significado y el recuerdo se llenó de olvido. La luz inexorable cerró aquello que los sentimientos habían abierto; dos piernas y su latido…

…en el Monte de Venus.

Oct 242009
 

De Ella provinieron los llamados tres hijos del crepúsculo silencioso. La palabra de la paloma o el pájaro del aire eran sus nombres, como también Luna Mística, la que habita un laberinto encarnado en piedra bajo la profundidad de la Tierra. Y Ella así habló a los cielos tras consumarse el ocaso del tercer día de otoño: “Hace mucho que vivo tras el mimetismo de las olas del Mar. Ahí, donde uno de mis nombres al encenderse la Aurora, emergió de la profundidad con la sangre y el semen del cielo. Desde entonces, el olvido de la existencia nublada sólo me ha nombrado mil veces más. El suicidio del hombre durante el verano me encadenó a la cruz de pedernal y todo cayó a pedazos. Las cosas mismas se dividieron: padres y madres, hijos e hijas, ya nadie espera el otoño ni siembra la nieve con semillas de primavera. Yo  misma soy ahora una mansión derruida, tan solitaria como bella: Luna Mística. ¿Cuántos podrán escucharme todavía? Si es tu deseo, habrás de batir tus alas luego del retiro del sol poniente. Deberás salir de la gran muralla de hierro y seguir el sendero del menhir. Desde ahí, continúa con paso firme por el bosque, pero ten cuidado. Tan estrecho es que verás a los árboles saltar de tu cabeza y palmo a palmo, las sombras comenzarán a reunirse para beber de tu sangre y de tu cerebro. Empero si es tu deseo podrás hacerlo. Si es tu deseo, pase lo que pase, yo te esperaré”.

Luna Mística, tengo miedo, pero deseo ir. No puedo dejarte. ¡¿Cómo podría, aunque tu voz resuene  con escalofrío y horror?! Tú lo sabes, tal vez no llegue nunca. El sendero sólo recibe las mientes de aquellos próximos a los talentos de Orfeo, Ulises o Heracles. Tal vez nunca pueda alcanzarte y sin embargo te veo, pienso en tí y ese grito me parte, me despedaza. El negro hueco de mis entrañas renace con el brillo inconfundible de las luciérnagas, de las musas, de las ninfas. ¡Qué ironía, Luna Mística! Siempre termino pensando en las rosas y en su color. ¿Recuerdas lo que me contaste aquella noche de plata? La sangre que por un amor se derrama, no encontrará la tranquilidad sino la calma; la resignación antes de partir, antes de morir en su palpitar. Por eso creo que mi corazón está en el cielo, como esa llama que flirtea entre las nubes de la oscuridad. Aquella que arranca mi grito de lo profundo del pecho. Luna, mi sagrada luna, soy un lobo. El lobo que soñó alguna vez con ser un hombre. Aquel que abandonó el bosque, el que aprendió costumbres extrañas, el que sobrevivió en hogares de piedra elevada y luchó infinitas guerras. Soy también el animal domesticado; el esclavo. Aquel que confió en los sueños de la razón y  se entregó a sus amos. Soy también el animal que heredó sus pesadillas. Sí, también soy ese, el limosnero que te abandonó, Luna Mística.

Y sin embargo llegó el tiempo de la canícula, la sequía de mil hambrunas y este lobo enfermó. El lobo que soy fue abandonado a su suerte por aquellos que alguna vez defendió. Mi tumba era un riachuelo de hojas en un claro del bosque. Nadie se acercó a mí, pero una vez más, mi corazón reveló que no estaba solo. Brillante como eres, apareciste con tu luz por el bosque y un fuerte latido sacudió mi pecho: “Mi lobo, mi precioso lobo, ¿qué has hecho contigo? ¿Mi amante, mi hijo, mi asesino, por qué huyes de tí mismo? ¿Por qué? ¿Por qué huyes de mí que te adoro? Mi lobo gris, alimentado con guijarros, herido como Aquiles por un rey falso. ¿Por qué toleras, manso, el acoso del hambre y del dolor? ¿Por qué eres capaz de lamer la mano de tu verdugo? ¿Por qué prefieres vivir encadenado? ¿Temes morir de hambre? Más valiera entonces morir pronto que vivir esa existencia miserable”.

Terciopelo negro y plata, tú me hiciste sanar. Ahora, piel nocturna y velo invisible del viento, aunque me corte a pedazos la infame ráfaga del hombre, seguiré ese, tu sendero. Flor de oscuridad, aliento frío y etéreo, tiende para mí tu piel de terciopelo. Pronto llegaré, tan muerto quizá que anhele probar tu carne y tu sangre; o tal vez, tan fuerte y poderoso que pueda ofrecerte la mía. Lo que sea que fuere, cada vez que abra el cielo, aunque no pueda verte, mi corazón lo sabrá y latirá mil veces.

Luna Mística, antes de trascender el sendero del menhir, invoco tu luz brillante de estrella: trece velas para iluminar el abismo; trece velas para encender el páramo fértil de infinitos planos; trece velas para extraer tu fino trazo, tu luz, tu pincel y se derritan mis cansados huesos sobre tu manto. Esfera de mil aromas, la pobre carne de un lobo no será quien libere el aroma de copelia sino tus dedos de estrella; esos que me convertirán en cálida armonía ensordecedora. Luna Mística, une así mi nombre con el tuyo y que fluyan juntos en infinitas cuentas de deseo; diamantes que al encenderse iluminarán las marchitas calles de la tierra.

Nadie más, sólo nosotros, solos tú y yo.

Luna mística y el lobo.