Oct 252009
 

¿Mucho más que carne y sangre? ¿Hueso y piel? ¿Células, moléculas, partículas? Sí, mucho más que simplemente eso: somos mnemé; mnemé y lieb. Somos tiempo. Memoria y deseo, o lo que es igual: pasado y porvenir. El presente es sólo ese instante de confrontación o punto infinitesimal en el que ambos se reúnen en combate; dos piernas que al separarse exponen su oscuridad. Somos el punto, el ano o la vagina; ese clítoris que salta en cuanto se le estimula; vórtice hacia el cual todo propende y cuyo éxtasis es una orgía. Así es como somos, lo que somos y hablamos de un presente presentificante. No hay hueso ni piel que lo resista, ni carne o sangre que lo soporte: la memoria es la marca que deja el deseo al parir y de cuya marca se alimenta.

Así, la memoria y el pasado conjugan la existencia; el tiempo. Eros y Thanatos se enredan como una pareja de amantes y juntos conforman el hilo de la Moira; la hebra de plata que se nombra phycis y zoé, lo mismo que Perséfone. El presente es su vórtice, la singularidad del laberinto; madeja de profusas implicaciones que nos reúne en el santuario inferior; en la gruta, en torno a la vagina.

El falo de Eros es largo, tan profuso y firme como una roca volcánica. Asimismo corta y distiende la carne, alimentándose en tanto fecunda al útero con su oleaje disperso. De ella misma surge y vuelve, de su carne firme y afilada, pletórica en bordes, como son también los pezones o los dedos. Las curvas suaves de la piel reluciente semejan el magma. Observar los senderos y pendientes de un cuerpo desnudo, resulta en la misma o similar experiencia de ver, de sentir la lava o la cera derretida caer por entre las manos o la espalda; y desde ahí, descender hasta el vientre en seminal orgasmo. El deseo hace abrir las piernas y deja expuesto el útero al cielo. Así arde orgulloso ante los dioses que se complacen al sentirlo humedecer.

El frío es un aliento que arrasa y libera los fragmentos de la cópula, elevándolos para alcanzar distancias inhóspitas; sendas fértiles, sendas estériles, empero igualmente plenas de placer y de pena. ¿Cómo describir ese intento fraticida? Las piernas se elevan y revelan el hueco que se ahonda, abismándose como la tumba; como también lo es la boca, por cuya abertura se nutre y bebe una lengua bífida. Tal vez sea mejor dejarlo así expuesto; en sus más simples elementos. No sea que el sol, con su ardiente claridad, convierta en forma lo que por sí mismo es sólo flujo, semen, Eros.

¿Muerte? Ella sólo es memoria, pasado, ausencia y también fantasía. Regocijo será llegar a serlo y también olvido; pues éste es vida sin existencia. ¿Y la vida? ¿De qué vivir se trata? Tampoco sabes nada, ni yo, ni nadie, pues sólo es lieb, deseo, futuro y también fantasía. Nosotros, cada uno, somos esa fantasía; ese vórtice, ese cóito, ese hueco o volcán que eyacula en espectral orgasmo.

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