Nov 302009
 

¿Qué es aquello que oculta el llanto? Aquello que anuncia el canto del mirto por extraños caminos. ¿Qué es aquello que abre el pecho, desgarrándonos en tanto sangra como el miedo? “¿Qué es?” –pregunto y emerge el estremecimiento. Miro entorno y siento… aquello. Los pétalos abren, como también la tierra o el pico de la paloma, los párpados o los oídos; las extremidades entumecidas por el frío. Todo abre y cierra, como también la palabra y la escritura. Abren y cierran, como un latido en el pecho que son y sólo eso…

Los hijos se desprenden del útero y las lágrimas cáen por el rabillo del ojo, como también, la saliva y el sudor. La piel cáe de los huesos como la ceniza. Todo abre. Todo cierra. Todo huye y recorre los senderos de la paloma y del mirto. La Doncella admira una cuenta roja de granada o piedra preciosa que se desprende de su palma; como el alimento, como los genitales de una flor. Así también el amante abre para (re)unirse, como también los hijos de los padres o la sombra hace con el día; como las copas y las raíces de los árboles; como los dedos o el cabello; como las estrellas en su infinito recorrido en torno al vórtice, al agujero negro. Todo se separa y al hacerlo se reúne allende las más aterradoras visiones.

La voz del silencio se extiende para arrancar de éste las nebulosas y las galaxias. Así las nubes también se separan y al extenderse por el cielo descubren el infinito espacio. Así entonces, un velo cáe sobre los ojos y el mystés abre alejándose. ¿Acaso niega las raíces que lo sostienen en su alejamiento? Entre más se niega, más y más profundo éstas se derraman dentro de su boca; dentro de la tierra. Más y más fuerte lo sostienen, como los cortes, como las navajas que penetran la dura capa de basalto en busca de la piedra preciosa; como la verja o el portal que separan del sonido del rayo; como las visagras que unen a éstas con resto de la casa; también como un beso o la serpiente que repta por el suelo dispuesta a morder tu calcañar.

Alêtheia, Lethè, piel de seda que se extiende como los músculos, como la epidermis, como el éter. Aceite de escencias derretidas que cubren la lengua y disponen el baño que lame tu sudor, arrancándolo de la piel. Lejana de su recorrido, la gota se adhiere contra la  fantasía del muérdago y del olivo; campos de trigo que ceden ante la caricia el viento; brillantes cabellos que son… de los cementerios. “Hieros odós”, via sacra en torno a Eleusis, donde los mystès, al alejarse, unen sus manos enardecidas con las antorchas de las Lámpades; buscan hambrientos el sendero; ese mismo que son ellos: como estrellas en torno al vórtice de la galaxia o el anillo estelar de las bodas que tienen su lugar en el Tártaro.

O los anillos del árbol, del arrecife, de la piedra o de la tierra… capa tras capa, beso tras beso, coito tras coito; lenguas sedientas que lamen; manos que someten, manos que sujetan, dedos que se untan a la pluma y se trasladan hasta el papel. Todos quedan así grabados en su impropiedad; como los senos que habitan en torno al ombligo; como las piernas en torno al orificio silencioso del niño; como la serpiente que repta para volver al huevo.

Fanes, Eros, plantas, animales, piedras, todos comen de su yema. Ellos y nosotros mismos como la yema. Entonces… ¿Qué es aquello que oculta el llanto? Aquello que anuncia el canto del mirto por extraños caminos. ¿Qué es aquello que abre el pecho, desgarrándonos en tanto sangra como el miedo? “¿Qué es?” –me pregunto y entonces emerge la voz el Sileno: “Raza efímera y miserable, hija del azar y del dolor. Por qué me fuerzas a revelarte aquello que más te valiera no conocer… aquello es ser nada… ser la nada misma… ser propiamente nada y morir pronto”.

 

Nov 252009
 

La oquedad inenarrable de tus ojos brillantes, me obliga a pensar en la más pura maldad: el aroma de tu entrepierna; la semilla de la manzana del clítoris; el suave valle que asemeja la palma desnuda. Mi lengua, luego mi pene disfruta de sus tentáculos; espinas que le devoran al precipitarse a lo profundo. La insondable oscuridad del vientre y su laberinto se abre como tenue flor; son tus piernas, hambrientas por la sangre que beben las espinas; labios que tras el aullido del alba reciben la simiente de Ouranos. La más pura maldad responde al sonido de la más pura belleza: Afrodita nace del semen; la Erinia de la sangre. Las dos tienen su origen en el mismo cielo difuso que eyacula sobre tu vientre y crece como la espuma de tu lengua; olas que son el goce mismo; bosque de piernas y brazos; manglar de infinitas bifurcaciones.

Los vellos son la Erinia creciente sobre la piel de nacar o el soleado bronce de Ares. Hay venganza en la penetración como también en la locura. El frenesí revela la maldad del cuchillo cuando la caverna del ano se sacude por intensas marejadas; puñaladas que acicalan el fragor de la batalla impuesta por el deseo. La armonía de la cuerda del arco traduce el dolor de su tensión, ahí donde se reúne el flujo de tus pezones; néctar de miel que nutre la leche y el café. Hay belleza en ambos como también venganza y la más pura maldad; el fruto de la tierra surge del negro Hades tras la eyaculación; placer y dolor que son lo mismo: holocausto.

Transcurren los instantes y tras lamer la sangre de tu pelaje, siento a la muerte sobrevenir como el frío invierno. Miro entorno y esa misma, fina hoja, me desgarra; semejante a la bala o el cuchillo carnicero. Diosa, no poseo un olvido tan fuerte como el de las demás creaturas. Vuelvo los ojos con el deseo de apagar esa luz pero su agonía es lenta. Luna, quisiera un lugar donde los animales no tengamos que despedirnos y sin embargo, al desearlo como lo deseo, reconozco que la sentencia se realiza: me convierto en la bestia humana. Entonces tu propia sangre me responde: “el miedo asciende por la mano del hombre y acalla el sentimiento de Aidós. La faz del cerdo, del cordero y del carnero son tu propio reflejo”. Todo es comido: el maíz que crece por los campos y los cementerios; los pastizales verdes y el agua que derrama la corriente de los ríos; los peces, las hojas tiernas de los árboles, los nidos de las aves y la carne de todos los animales. Yo misma soy tu carne y tu eres mi alimento.

Las fauces del vientre arrojaron la nube oscura del Tártaro con sus infinitas bocas. Hombre y Mujer, Macho Cabrío y Ninfa, no hay reposo en el frenesí menádico de la Vida. Asimismo he de devorarte, madre y si no lo hago bajo la forma del cadáver lo haré de todas formas: como la hierba, como los insectos que se convertirán en frutos de tu vientre. Mi destino es convertirme en Edipo. No puedo verlo pero puedo sentirlo: ella está ahí, corriendo como la savia del bosque; como el nutriente que derraman las esporas y que al devorarlas, ellas mismas me devoran. Al comer soy comido. Al matar muero yo mismo. Luna, eres mi propio reflejo. Por ello el ente que trate de huir, hará destino del fatum como Edipo.

Lenta e irrefrenablemente, el éter nos disuelve como los jugos gástricos o los capilares del intestino. Hades es un meandro que se extiende por toda la tierra y su riqueza bulle en semillas que son devoradas. En cada una, la madre se entrega y yo mismo; un vórtice, un agujero, una singularidad; el ano y la vagina. Entiendo que la muerte no responda pues no está en ningún lugar; no hay ningún “afuera”, sólo la sublime maldad que derraman mis venas: “Yaco, Yaco, retiraos, amplio espacio dejad para el Dios: pues quiere el Dios erecto marchar por el medio. En tu honor celebramos esta Musa, al templo, entrando con tu pie de toro. Retrasa, retrasa la vejez, hermosa Afrodita Ambologera”.