Jan 232011
 

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Manos ígneas arrojan lava de deseo. Mi pene es la colina de Pompeya, de cuya entraña exhala Eros con la voz de mil Titanes enfurecidos. El cáliz que derrama hace arder la piel y sólo la piedra recuerda el paso que insemina a la Tierra; flujo que hace sucumbir todo aquello que toca; atmósfera tóxica, llena palabras destinales. Todo resulta propiedad del fatum. Nadie más puede alimentar ese fuego. Únicamente el humo se alza como aviso o advertencia de un volcán que espera soñando, añorando y que es temido por aquello mismo que desea… hambriento.

La costa, el cuerpo, aguarda a que los vapores de sulfuro se dispersen por el viento; signos de un pasado que arde en los pulmones. A veces quisiera ser como Krakatoa y no sobrevivir a mi propia erupción; en cambio, ahí permanezco solitario, frío, vacío empero siempre y a cada instante… hambriento.

La erupción más reciente se gestó en el otoño, por entre adoquín de las calles arboladas de una colonia cualquiera. Lentamente, allende los árboles, la oscuridad de la noche y palabra tras palabra semejantes al goteo de la lluvia; esa que termina por filtrarse a través de la ventana; un avance lento, seductor, una lengua que se traslada hasta el seno del pubis. Entonces las placas se agitaron y la presión se acumuló contra el vacío de la cámara magmática que algunos llaman corazón.

Caricia tras caricia, el verano sembró al invierno. A la postre nada volvería a ser igual. Todo quedaría destruido, incluso las tardes de paz que descienden a través de la avenida; las calles por las que discurre el pulso indiferente de centenares de vidas; los rostros comunes, las caricias fugaces, las pasiones, todo ardería como la leña en una sola hoguera, tras la primera noche de hotel.

La explosión dispuso de los restos por distintas direcciones. Todo quedaría destruido en una noche y sólo un mar de soledad magmática expuso la inanición más oscura; frío de invierno y sin embargo una flor, signo de mi doncella; de una naturaleza hambrienta que algún día volverá; signo de mi muerte, bajo el infinito torrente de mi propio semen.

Jan 232011
 

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Entre mis manos se oprime el nudo de tu garganta…

Envueltas en la seda negra de tu vestido, mis dedos oprimen hasta saciarse de tu cabello. No puedo pensar sino en ti, un deseo yaciente entre las sábanas. Tú eres la ofrenda a la que admiro desnudo, en tanto tú, aún vestida, reflejas el plenilunio a través de tu pecho. La luna se derrama del espejo de tu escote, descendente por la oquedad que devora las tinieblas de tu piel. No veo más que una bifurcación exaltada por el busto; senos que se elevan en un capullo, crecen y decaen al misterioso ritmo de tu respiración.

No temo perderme por la gruta de tu destino, más allá del misterioso sendero de la falda; alas de mariposa negra. Allí me espera el susurro de tu rosa húmeda, abierta por el rocío de tus fantasías. Todas llenan la atmósfera con la más voraces emociones; fragancias de lirio y de jacinto.

Las botas, esas que envuelven tus tobillos, penden por el aire, contagiándolo con el brillo ígneo de tus piernas de calado estrecho. Un palpitar, la firme presencia de tus muslos me estremece luego de penetrar con mi daga; siento tus guantes apretarse contra mi piel. Ahí también están las uñas, pero no pueden verlas, yacen cubiertas por el secreto de tu dedos amordazados, enterrados en una tumba tan negra como la oscuridad de tierra.

Apenas y siento la respiración que despide el cremoso labial de tu boca, justo cuando mi pene amenaza con estallar en astillas, fracturando tu interior; haciéndolo sangrar y así descender, gota a gota, por los escalones de tu templo.

No veo espacio, en ese balanceo difuso, para las manecillas del reloj. Yo soy ese, el segundero que se pasea entre las manecillas. ¡¿Hasta cuándo darán las doce?! ¡¿Hasta cuándo se cerrarán?! ¿Y cuánto más podré gozar ahí, entre la seda de tu cuerpo y las tinieblas de tu noche?

¿Hasta cuándo se cerrará tu cuello? ¡Dioses, no puedo contener el alarido! Tengo la necesidad de tenerte, de atraparte, de sujetarte con toda la fuerza que me invade. Más y más hondo mi pene te devora. Más y más hondo, mis dedos oprimen contra la yugular y el quejido crece…

…y el aliento de tu labial se apaga.

Como una mortaja, la oscuridad de tus párpados decae, cubre tus ojos. Los labios se abren, el cuello se estira, la nuca estremece contra las sábanas de satín. Algo quieres decir pero no hay nada, sólo el silencio que exhala el orgasmo de tus besos a través del viento y que fluye a través de la ventana.

Mi pene estalla y tus dedos descienden lento… has terminado también, lo sé, pero mis yemas te pierden poco a poco. La noche que se apaga en la madrugada nos hace metáfora. Yo quise retenerte, atraparte y sin embargo te esfumas. Yo como el día y tú como la noche…

…en nuestro lecho de madrugada.