Jan 232011
 

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Entre mis manos se oprime el nudo de tu garganta…

Envueltas en la seda negra de tu vestido, mis dedos oprimen hasta saciarse de tu cabello. No puedo pensar sino en ti, un deseo yaciente entre las sábanas. Tú eres la ofrenda a la que admiro desnudo, en tanto tú, aún vestida, reflejas el plenilunio a través de tu pecho. La luna se derrama del espejo de tu escote, descendente por la oquedad que devora las tinieblas de tu piel. No veo más que una bifurcación exaltada por el busto; senos que se elevan en un capullo, crecen y decaen al misterioso ritmo de tu respiración.

No temo perderme por la gruta de tu destino, más allá del misterioso sendero de la falda; alas de mariposa negra. Allí me espera el susurro de tu rosa húmeda, abierta por el rocío de tus fantasías. Todas llenan la atmósfera con la más voraces emociones; fragancias de lirio y de jacinto.

Las botas, esas que envuelven tus tobillos, penden por el aire, contagiándolo con el brillo ígneo de tus piernas de calado estrecho. Un palpitar, la firme presencia de tus muslos me estremece luego de penetrar con mi daga; siento tus guantes apretarse contra mi piel. Ahí también están las uñas, pero no pueden verlas, yacen cubiertas por el secreto de tu dedos amordazados, enterrados en una tumba tan negra como la oscuridad de tierra.

Apenas y siento la respiración que despide el cremoso labial de tu boca, justo cuando mi pene amenaza con estallar en astillas, fracturando tu interior; haciéndolo sangrar y así descender, gota a gota, por los escalones de tu templo.

No veo espacio, en ese balanceo difuso, para las manecillas del reloj. Yo soy ese, el segundero que se pasea entre las manecillas. ¡¿Hasta cuándo darán las doce?! ¡¿Hasta cuándo se cerrarán?! ¿Y cuánto más podré gozar ahí, entre la seda de tu cuerpo y las tinieblas de tu noche?

¿Hasta cuándo se cerrará tu cuello? ¡Dioses, no puedo contener el alarido! Tengo la necesidad de tenerte, de atraparte, de sujetarte con toda la fuerza que me invade. Más y más hondo mi pene te devora. Más y más hondo, mis dedos oprimen contra la yugular y el quejido crece…

…y el aliento de tu labial se apaga.

Como una mortaja, la oscuridad de tus párpados decae, cubre tus ojos. Los labios se abren, el cuello se estira, la nuca estremece contra las sábanas de satín. Algo quieres decir pero no hay nada, sólo el silencio que exhala el orgasmo de tus besos a través del viento y que fluye a través de la ventana.

Mi pene estalla y tus dedos descienden lento… has terminado también, lo sé, pero mis yemas te pierden poco a poco. La noche que se apaga en la madrugada nos hace metáfora. Yo quise retenerte, atraparte y sin embargo te esfumas. Yo como el día y tú como la noche…

…en nuestro lecho de madrugada.

 

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