Nov 112016
 

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PentagramA diferencia de Mantus, lo que aquí transcribo es mi propio diario y lo hago con objeto de mostrar mi propio sendero pagano o debería decir “satanista”. No hablaré tanto al respecto pero personalmente, me identifico más estrechamente con la Iglesia de Satán de lo que muchos piensan, pero coincido en que ese “satán” se nombre Eros. Dejaré a Mantus las razones y exposiciones pertinentes, por mi parte, sólo deseo hablar de vivencias y la principal razón recae en todas las dudas que surgen cuando se siente ese pulso prohibido por el mundo cristiano. A raíz de este mundo, ese pulso que de hecho “lleva la sangre por el cuerpo”, se ve transfigurado de la forma más agreste por manifestaciones de odio racial, reivindicaciones étnicas y fundamentalismo religioso de hombres y mujeres frustrados, sin sofisticación y la más de las veces, víctimas de sus propios excesos.

Y digo excesos porque el mandato satánico relativo a la complacencia, no debe interpretarse como una vida de excesos. En este sentido, aporta mucho el modelo griego que funda su búsqueda en el punto medio, no mediocre, sino más elevado entre dos extremos igualmente viciosos y que son precisamente, el exceso y el defecto. Ejemplo: tan destructiva es la holgazanería como el exceso de trabajo; o bien, tan nociva es la benevolencia incauta como la desmesurada avaricia. En los vicios sucede algo semejante: vivir en un constante frenesí conduce a una rápida muerte y vivir en un constante rechazo de los placeres a una frustración que empalidece y socava la vida entera.

Así entonces, vivir resulta semejante a un acto musical: buscar una adecuada armonía que haga que nuestro cuerpo y nuestras pasiones florezcan dentro de cierto límite. En ese sentido también, no hay reglas y como los griegos supieron bastante bien, esos límites fluctúan de persona a persona, y de situación en situación, por lo que su búsqueda termina por remitirnos a una búsqueda incansable, pero que da como resultados un sinnúmero de melodías: algunas tristes, otras intensas y gozosas; fracasos y vicisitudes que hacen de la vida una sinfonía intensa y sublime. En menoscabo de las cacofonías ensordecedoras, de las patéticas máscaras de grandeza o de los pálidos cánticos de escuela, el anhelo del satanista recae en hacer de la vida una experiencia intensa, profunda y capaz de contagiar a los otros con su poder seductor.

Así resumo yo el satanismo. No se trata de incendiar iglesias, ni de inventar dioses hechos a la medida del hombre, sino de hacer de tu propio cuerpo un templo fragante y lleno de placeres. Asimismo y como tal vez te hayas dado cuenta, no hay tampoco un sendero correcto, sino un laberinto de innumerables caminos que son, cada uno, la vida misma de millones de hombres y mujeres. El problema precisamente recae, como me insiste Mantus, en creer que hay un camino seguro al cielo o al infierno, en lugar de pensar que ambos conjugan un hilo o danza de luz y sombras; un mismo fuego radiante que no tiene respuestas correctas ni salidas. No hay un cristianismo, ni un satanismo, sino muchos y todos trazan juntos un único círculo.

Así entonces, en lo sucesivo narraré mi sendero y que tal vez pueda inspirar a algunos, pero no para copiarlo, sino para construir el suyo. Escribo para que me confrontes. Me desnudaré ante ti, pero no para que me tomes y me penetres, sino para que desees mi oscuridad íntima y te decidas a desnudarte también. Estoy segura de que al hacerlo y tratar de seguirme, me perderás en la oscuridad, pero encontrarás siempre mayores placeres.

Salve dei nostri Luciferi

Por cierto, al final y como buena mujer, soy más agresiva que mi querido Mantus. No creo que las cosas deban simplemente dilapidarse y sólo escribiré en la medida en que me satisfaga lo que recibo a cambio…, ¿deseas comprarle a esta chica un café? 

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