Mantus Xeper

Sep 172010
 

Cabellos de miel, cuenta tras cuenta, como una fantasía oculta tras el collar de ambar de tus venas. Ojillos que saltan  en derredor cual estrellas de madrugada, centelleando, destilando lágrimas de semen nota tras nota, tecla tras tecla, como el piano desnudo de mis manos. Todas se desprenden de ese hilo que pende entre tus piernas, infernales flamas; lira suave, acompasada; secreto del hueco, del nido que no podrá alimentarse más de mis pecados, sólo calumniarte con mis ruegos. Ahí, quieto, somnoliento, semejante al arrecife que se alza cual pene erecto. Estás ahí, oh clítoris, muerto… y tus gotas empapan con cera de diamante la almohada de mis ansias.

Tus muslos, tus pechos desnudos son un altar de tensión, empero también notas que regala el mirto en señal de los campos de labranza; orgía de luciérnagas pendientes de la telaraña. ¿Y el zafiro? ¿Y la esmeralda? ¿Esa nube de humo a dónde hará ido a parar? ¿A dónde ha ido esta noche, luna clara, ahora que estremeces al pensar en el nuevo día? Así como el ambar, tus cenizas braman desde lo profundo. Ahí, donde ha ido a parar la voz que habita el útero; el origen y el destino.

Ardiente noche, Nyx de cabellos negros, arrebata la pluma de mis dedos. ¿A quién secuestraré de la sábana mortuoria? No puedo siquiera deletrear el nombre de su cripta empero la siento, aquí, entre el pubis que llena mis dedos; aquí, sujeto de los pastos entre la cuna del rayo, en el cuenco estertor del arco, en la cavidad resonante del Tártaro. Aquí, donde fluye el agua tibia. Aquí, en el agua de limbo; entre mis deseos de seda y de mandrágora. Aquí entre las teclas del piano que lo engendran todo. Y también aquí, entre tu sueño…

No hay mayor presencia que el orgasmo, justo aquel que deshace en millardos de fragmentos iluminados el negro esplendor de la noche. La sangre yerma de su regazo, las estrellas. Aún ellas no pueden redimir los terrores del parto y así se aleja para vivir el sueño del olvido: cáe a pedazos, como ellas, semejantes al ir y venir del coito; como la semilla de trigo o de granada; como la miel del inframundo; como tu murmullo…

ahí, donde habitan los Titanes; ahí, en donde yace el eterno calor de tu gruta. Ahí, por entre el fresco, húmedo aroma de tu cabello, de tus senos, Nyx, de tu misterio…

Mar 022010
 

Para Jassibe

Sueño de noches escarlata y solitaria luz de plata en el cielo. Noche clara, sobre la que descansa tu cabello; destino por igual de mortales e inmortales. Hetaira de brillantes estrellas, noche estival, permite que nuestros cuerpos hablen, derramándose por los poros de un ardiente palpitar. Permíteme penetrar las fuentes del mar y que mi vela arda allende la tibia oscuridad de tu vientre; cera hirviente, gota a gota, letra tras letra, beso a beso que se derramará como un murmullo hasta tatuarte, hasta marcarte y así el aroma de mi luz trasladará tu secreto. Así es tu silencio, Jassibe, botón de flor.

Padre mar y madre tierra, aire espíritu y fuego que todo lo llena, descubran el canto de la princesa, de la doncella. Allende el profundo sitio del Hades –paraíso perdido del oído–, en donde las sombras arden con tu palpitar. Allende el Tártaro en donde tu quejido se muestra como Alêtheia. Allende el resuello o pulso que susurra tu nombre al oído. Así es tu sonido, doncella, serpiente del viento; encanto y lamento del mirto; pétalos carmesí que flotan sobre las aguas del olvido. Así es voz, doncella y tu sonido: sonidos de la Tierra profunda; sonidos del útero, de la vagina; la perpetua cuna, caverna ígnea.

Jassibe, siento el oleaje entero de tus piernas envolver la piel de mi cuerpo. ¿Es tu saliva o tu flujo? La miel de un primer coito que me embriaga, arrastrándome hacia lo profundo; arrebatándome como el licor; suave delirio del ave atrapada en la corona de la flor. Ese, tu capullo deseo alcanzar y así te abro, precipitándome más y más en la profundidad de tu nombre; vaivén que deviene en tempestad; puños enardecidos que se alzan contra el cielo y gritan; bocas que se palpan hasta alcanzarse en un mismo quejido. Y así tus muslos me envuelven con su sonido, melodía marina que me arrastra por tus venas; semejante al río de semen que viaja por tus piernas. Asimismo las tomo alzándote, hasta dejar expuestos tus ovarios, tu capullo, tu secreto; ese del que deseo libar y que la erección de mi lengua pretende, deslizándose yecta hacia tu viente; doblada como una flor Jassibe y sin embargo, a punto estás de romperme; tu cuerpo se sacude a marejadas y mi barco naufraga.

La costa arde, Jassibe, mi glande te arrebata como hace la pala. Una y otra vez y tu sonido, tu nido, tu capullo arde con el silencioso recuerdo de tu nombre. Sólo un grito más podría derramar las cuentas de tus ojos. Sólo un quejido y la arena de mi piel se derretirá entre tus dedos. Sólo un movimiento y mi semen alcanzará la corriente tempestuosa de tu cuerpo.

Sueño de noches escarlata y solitaria luz de plata en el cielo, esplendor que tu cuerpo refleja como un espejo, en tanto esos, tus pezones erectos, advierten el sendero que ha de seguir mi antorcha hasta tu boca; para penetrarla, para seducirla y robar un poco del tibio y dulce hálito de tus labios. Esos, tus dientes se trasladan por todo mi cuerpo para verter sobre mi huerto tus palabras; un duce arroyo de silencio; voz o infinita oración que lleva mi nombre: “Mantus” escucho pronunciar en tanto callas; “Mania”, van y vienen tus nalgas, tus labios. Ellos succionan, ellos aspiran, ellos inhalan el flujo lácteo que anhela por alcanzar la miel de tu garganta.

Tras derramarse, la noria no se detiene, continúa su marcha. Una y otra vez hasta que el orgasmo beba tu sangre y pueble la oscuridad… de mil noches escarlata.

Feb 242010
 

Recuerdos de un amanecer de cielo gris. Vivir de noche sin contemplar el crepúsculo. Morir de día sin calentar las negras entrañas. Asfixiar el agudo grito del pecho y negarle su respiración. Vagar hambriento más allá de la incansable marcha de guerras impropias y mientras tanto, el silencioso crepúsculo permanece en la demora.

Estar ahí…

Cerrar los ojos sólo para encontrar el abismo agazapado tras los párpados, latente, grano tras grano como un reloj de arena. Y mientras tanto, la reminisencia de incontables noches de tormenta me devoran el pecho.

La tierra cae, se desploma…

La carne y su aroma de pretérito, arde semejante a una lengua insaciable o dedos que son años, ojos que son días, bocas que son horas; devorándome todas, derramándome su aliento de mil historias y mil aromas. Todas me son propias. ¡Todas están ahí! Todas como un alféizar abstracto que se revela entre mis manos; al tocarte, luego de estremecerte, al dejarte partir…

¿Estás ahí?

Sublime oquedad que te trasladas allende el bosque y su menhir, ¿acaso sea demasiado tarde ya? ¿O simplemente huyo, una vez más? Deseo atender por vez primera el recuerdo silencioso del huerto y su cosecha de falaces dientes; aquellos que crecieron alimentándose de mí. Deseo el brillante amanecer que resplandece en tus colmillos y sobre el altar de la propia decadencia. No hay  holocausto sin sacrificio ni grilletes; eslabones que son tu nombre y el mío…

…un sólo nombre.

O tal vez sombra de cera que derrite su locura al paso de esa lengua que es Eros. Letra tras letra de tu murmullo silencioso, ese que me atrae hasta la soledad de tu tumba, lleno de ansia por verter mis letras, por verter mi semen, por devorar lentamente tu errumbre, tu pasado.

Quiero lamer uno a uno tus huesos para volver a tejer una alfombra de carne que los cubra. Anhelo después, bordarla con letras, con perlas, con lágrimas que son también estrellas, para habites mi memoria como la noche eres; como la solitaria luna que se alza en el cielo y a quien entrego mi grito en holocausto.

Sobre tí y gracias a esos misteriosos rayos se alza el altar de la memoria desde las profundidades insonoras del olvido. Una y otra vez, gracias a un solitario  sacrificio.

Diosa de cabellos de trigo brillante…

Diosa de cabellos de noche oscura…

Tú eres el relámpago en el horizonte. Tú eres el veho que esparce mi ceniza. A todos dejo ahora estas letras, allende el sendero del menhir.

1. Partus

La voz y el silencio son una pareja de amantes. Juntos se descubren a través de los sinsabores del beso que me desliza ahí, entre tu cuerpo más frío que el invierno. Tan lleno está de pasado que puede frenar la respiración. Tan lleno de sudor, sin embargo, que de derrirte la humedad de tus piernas llenaría insaciable la saliva que puebla mi lengua.

Mi anhelo es sentir una vez más como el pulso que corre por tus venas; como esa voluntad que desde las manos, conduce el vaivén de tus nalgas. Devenga entonces el eco estremecedor de tus quejidos y el alimento de criaturas misteriosas. Derrítase el frío iceberg y llénese la noche con tu sudor.

¿Qué daremos a luz en ésta vez? Quizá un mar turbulento o un bosque nocturno. Así fue el origen de todo, como un poderoso orgasmo que se extendió formando mil millardos de galaxias y soles. Una tras otra, conforme abrías tu boca y la sonoridad del orgasmo se extendía formando el tiempo y el espacio. Ahí tus brazos, ahí tus piernas, ahí también ese vientre evaporado.

¿Y tus ojos? ¿Y los párpados? ¿Y las puertas del Tártaro? Todo abre y cierra, libera de sus bizagras el entrecejo in cressendo del pubis y finalmente… una dulce gota de deseo.

Y ahora, ante las puertas del Tártaro…

Ante tus piernas…

Anhelo el parto…

…Perséfone.

 

Feb 212010
 

para Jassibe

Flor naciente de un pretérito estéril en donde las Náyades abrigaron la semilla de esperanza, día tras día, nutriéndola con el icor de sus pechos de lila. Botón de flor naciente ante mis ojos, cresciente lunar cual espectro que llena con su luz el devenir, paso a paso. Así tornóse la claridad en penumbra sobrecogedora. Diecisiete fases de extrema fragancia bastaron para someter la mirada con sus nubarrones de locura. Hondo ardor, ansia de  probarte, espera cruel por la tibia oscuridad de tu gérmen; aquella que guardan tus pétalos y que algún día se entregará, proveniente de las piernas y su manjar; cáliz derramado por el lóbrego vientre de la ninfa.

Ansioso porque su lluvia se derrame, siento la caricia aproximarse a su plenilunio.  El follaje se ilumina ante la presencia de tu boca disuelta en tibia sangre que me llama, que me lleva, que me quema y atrae la punta de mi lengua. El fulgor de una luz difusa, mi hierro, abre lentamente el gineceo de la flor. El cuello ansía penetrar el estigma, abrasar la curvatura del estilo y separarlo, desgarrarlo, doblarlo hasta dejar expuestos sus ovarios.

Fértiles como la tierra se estremecen por el vaho mutuo y mientras tanto, la ola va y viene, acicala lenta y sutilmente, lamiéndote, para luego precipitarse fuerte contra tu útero; llevado siempre hasta lo profundo por la suave caricia de tus filamentos. Los estambres humedecen, los dientes, tu gineceo entero se abre al paso de mi hierro, en tanto mis manos sujetan tus pétalos, tus nalgas, tus cépalos.

Todo creo advertirlo en tanto te veo, Jassibe: advienes como las medias que cubren tu rodilla; devienes como el tímido balanceo de tus muslos; fluyes como el ovario rojo que despide sus granos de higo. Así también creo advertirlo cuando te veo: blanca piel desnuda sobre terciopelo negro; como el gentil roce de tu rodilla; como el resplandor que baña tu sonrisa; como la sutil caricia que coloca mi frente sobre la tuya; como el deseo de un beso, como el sudor de tus labios, como tu quejido y tus dientes se aproximan.

Voz que estremece mi cuna de ladrillo, es la tuya. Ninfa, envuélveme con esos, tus senos. Aquellos eternamente ocultos, tus pezones, dulces como la miel, derramen por entero tu campo sobre el mío. Así te deseo, botón de flor, mientras te veo crecer con mi erección. Desnudos los dos, ésta te aguarda para murmurarte: la mayor delicia fue ese primer beso contra tu mejilla, tan cercano a tu comisura, como ahora lo estoy de tí; del dulce sabor de tu vagina.

Dec 252009
 

Alas que se evaporan como un pasado distante. Una silueta que deviene semejante a la fugaz presencia del otoño; aliento frío de invierno. Demonio dormido tras el gérmen de ladrillo. La leche aún no termina de alimentar la mandrágora y ya tu cuerpo la derrama como al sendero de tus placeres; aquellos que van y vienen al azar, sin recuerdo; esos que ahora yacen calmos tras la oscuridad de tu pupila. Querida, quizá puedas liberarlos por un día más, para que fluyan allende el rímel de tus ojos, como la dulce miel de tu vagina.

Ángel, adoro la succión de tu voz sobre mi cuerpo. Así, a la distancia, cuando el torbellino de las hojas descubre un punto más allá del cotidiano rubor de tus piernas. ¿Quién esculpio tus muslos, querida? Quizás fuera un escultor o un artesano. No importa, quien haya podido moldearlos a su capricho, me entregó dos poemas que mi lengua disfruta en pronunciar. ¿Y tu rostro, Ángel? Tal vez un pintor lo dibujó en suave papiro, ofreciéndole a tus labios el rubor de alguna ninfa perdida en la memoria. Lo cierto es que jamás se imaginó, mi manera de devorarte. Ahí como estás ahora, oculta, entre las sombras del sueño.

Silueta de seda blanca, inerte, acicalada por el frío; lengua que arrebata el fulgor de tu pecho, como al sudor de la ventana. Allí hay otras palabras, voces sueltas y que ahora, pudieran hacerte despertar. Un aliento distinto de éste que pretende esculpir en tu interior; talla de relieves sueltos y siluetas danzantes, trazos que descienden por tus muslos para darles un aspecto de corteza. ¿Cuál será tu pigmento favorito? No lo sé, pero ascenderé en su busca. Voy a tallar hasta  derretirte en un grito y poder encerrarte en una botella; pajarito presa de una jaula de cristal, donde quizás puedas abrir tus ojos al fin.

Ángel, escúchame, yo soy tu demonio liberador, súcubo e incubó, ardiente orgasmo. Yo soy la sombra de tu cuerpo, el impulso de tu sangre; soy el germen oculto en tu respiración. Asimismo la enredadera que se hunde por tus muslos, sometiéndolos a tierra; enraizándolos como un mismo falo creciente. Ángel, juntos construimos un mismo relieve carmesí;  camino arriba y abajo, opuestos convergentes de una trama sin nombre; una tensión pero también, una  melodía compuesta por infinitas voces de pretérito; amantes pretéritos, incógnitos, que alimenta palmo a palmo tu quejido.

Ahora libérate Ángel, flor marchita, y elévate. Abre tus pétalos al sol oscuro. ¡Ábrete! Abre las puertas del Día y de la Noche. Un nuevo amanecer al amanecer del tercer día; incógnito recuerdo futuro que es, una breve impresión estremecedora. Despierta, que luego yo seré el Ángel y tú el demonio. Yo seré la imagen y tú la sombra. Y tú me penetrarás al momento de mi muerte, guiada por ese mismo camino que nos une; viajarás por entre mis piernas, comerás de mi carne, beberás de mi y pronunciarás la palabra derretida de mi nombre. La extraerás de mí con el grito, fiero orgasmo, para desaparecer en el olvido.

Ángel, tal vez aún no lo sepas, pero una mano incógnita nos moldea a su capricho. Yo sólo he podido ver el giro del torno, el nido del coito y nada más. Tan sólo he podido sentir el aroma de aroma del barro; ese que despide el batir de tus alas moribundas. Ahora mi amor, ¡levántate! ¡Libérate! Abre tus alas negras, sombra sedienta que pronto llegará el día en que me liberarás. No somos ni luz ni sombra, tan sólo un orgasmo, un mismo tatuaje, una imagen o fugaz caricia que se repetirá eternamente; como ahora..,

…, en la oscuridad de tu presente.

Versión en video.

Nov 302009
 

¿Qué es aquello que oculta el llanto? Aquello que anuncia el canto del mirto por extraños caminos. ¿Qué es aquello que abre el pecho, desgarrándonos en tanto sangra como el miedo? “¿Qué es?” –pregunto y emerge el estremecimiento. Miro entorno y siento… aquello. Los pétalos abren, como también la tierra o el pico de la paloma, los párpados o los oídos; las extremidades entumecidas por el frío. Todo abre y cierra, como también la palabra y la escritura. Abren y cierran, como un latido en el pecho que son y sólo eso…

Los hijos se desprenden del útero y las lágrimas cáen por el rabillo del ojo, como también, la saliva y el sudor. La piel cáe de los huesos como la ceniza. Todo abre. Todo cierra. Todo huye y recorre los senderos de la paloma y del mirto. La Doncella admira una cuenta roja de granada o piedra preciosa que se desprende de su palma; como el alimento, como los genitales de una flor. Así también el amante abre para (re)unirse, como también los hijos de los padres o la sombra hace con el día; como las copas y las raíces de los árboles; como los dedos o el cabello; como las estrellas en su infinito recorrido en torno al vórtice, al agujero negro. Todo se separa y al hacerlo se reúne allende las más aterradoras visiones.

La voz del silencio se extiende para arrancar de éste las nebulosas y las galaxias. Así las nubes también se separan y al extenderse por el cielo descubren el infinito espacio. Así entonces, un velo cáe sobre los ojos y el mystés abre alejándose. ¿Acaso niega las raíces que lo sostienen en su alejamiento? Entre más se niega, más y más profundo éstas se derraman dentro de su boca; dentro de la tierra. Más y más fuerte lo sostienen, como los cortes, como las navajas que penetran la dura capa de basalto en busca de la piedra preciosa; como la verja o el portal que separan del sonido del rayo; como las visagras que unen a éstas con resto de la casa; también como un beso o la serpiente que repta por el suelo dispuesta a morder tu calcañar.

Alêtheia, Lethè, piel de seda que se extiende como los músculos, como la epidermis, como el éter. Aceite de escencias derretidas que cubren la lengua y disponen el baño que lame tu sudor, arrancándolo de la piel. Lejana de su recorrido, la gota se adhiere contra la  fantasía del muérdago y del olivo; campos de trigo que ceden ante la caricia el viento; brillantes cabellos que son… de los cementerios. “Hieros odós”, via sacra en torno a Eleusis, donde los mystès, al alejarse, unen sus manos enardecidas con las antorchas de las Lámpades; buscan hambrientos el sendero; ese mismo que son ellos: como estrellas en torno al vórtice de la galaxia o el anillo estelar de las bodas que tienen su lugar en el Tártaro.

O los anillos del árbol, del arrecife, de la piedra o de la tierra… capa tras capa, beso tras beso, coito tras coito; lenguas sedientas que lamen; manos que someten, manos que sujetan, dedos que se untan a la pluma y se trasladan hasta el papel. Todos quedan así grabados en su impropiedad; como los senos que habitan en torno al ombligo; como las piernas en torno al orificio silencioso del niño; como la serpiente que repta para volver al huevo.

Fanes, Eros, plantas, animales, piedras, todos comen de su yema. Ellos y nosotros mismos como la yema. Entonces… ¿Qué es aquello que oculta el llanto? Aquello que anuncia el canto del mirto por extraños caminos. ¿Qué es aquello que abre el pecho, desgarrándonos en tanto sangra como el miedo? “¿Qué es?” –me pregunto y entonces emerge la voz el Sileno: “Raza efímera y miserable, hija del azar y del dolor. Por qué me fuerzas a revelarte aquello que más te valiera no conocer… aquello es ser nada… ser la nada misma… ser propiamente nada y morir pronto”.

 

Nov 252009
 

La oquedad inenarrable de tus ojos brillantes, me obliga a pensar en la más pura maldad: el aroma de tu entrepierna; la semilla de la manzana del clítoris; el suave valle que asemeja la palma desnuda. Mi lengua, luego mi pene disfruta de sus tentáculos; espinas que le devoran al precipitarse a lo profundo. La insondable oscuridad del vientre y su laberinto se abre como tenue flor; son tus piernas, hambrientas por la sangre que beben las espinas; labios que tras el aullido del alba reciben la simiente de Ouranos. La más pura maldad responde al sonido de la más pura belleza: Afrodita nace del semen; la Erinia de la sangre. Las dos tienen su origen en el mismo cielo difuso que eyacula sobre tu vientre y crece como la espuma de tu lengua; olas que son el goce mismo; bosque de piernas y brazos; manglar de infinitas bifurcaciones.

Los vellos son la Erinia creciente sobre la piel de nacar o el soleado bronce de Ares. Hay venganza en la penetración como también en la locura. El frenesí revela la maldad del cuchillo cuando la caverna del ano se sacude por intensas marejadas; puñaladas que acicalan el fragor de la batalla impuesta por el deseo. La armonía de la cuerda del arco traduce el dolor de su tensión, ahí donde se reúne el flujo de tus pezones; néctar de miel que nutre la leche y el café. Hay belleza en ambos como también venganza y la más pura maldad; el fruto de la tierra surge del negro Hades tras la eyaculación; placer y dolor que son lo mismo: holocausto.

Transcurren los instantes y tras lamer la sangre de tu pelaje, siento a la muerte sobrevenir como el frío invierno. Miro entorno y esa misma, fina hoja, me desgarra; semejante a la bala o el cuchillo carnicero. Diosa, no poseo un olvido tan fuerte como el de las demás creaturas. Vuelvo los ojos con el deseo de apagar esa luz pero su agonía es lenta. Luna, quisiera un lugar donde los animales no tengamos que despedirnos y sin embargo, al desearlo como lo deseo, reconozco que la sentencia se realiza: me convierto en la bestia humana. Entonces tu propia sangre me responde: “el miedo asciende por la mano del hombre y acalla el sentimiento de Aidós. La faz del cerdo, del cordero y del carnero son tu propio reflejo”. Todo es comido: el maíz que crece por los campos y los cementerios; los pastizales verdes y el agua que derrama la corriente de los ríos; los peces, las hojas tiernas de los árboles, los nidos de las aves y la carne de todos los animales. Yo misma soy tu carne y tu eres mi alimento.

Las fauces del vientre arrojaron la nube oscura del Tártaro con sus infinitas bocas. Hombre y Mujer, Macho Cabrío y Ninfa, no hay reposo en el frenesí menádico de la Vida. Asimismo he de devorarte, madre y si no lo hago bajo la forma del cadáver lo haré de todas formas: como la hierba, como los insectos que se convertirán en frutos de tu vientre. Mi destino es convertirme en Edipo. No puedo verlo pero puedo sentirlo: ella está ahí, corriendo como la savia del bosque; como el nutriente que derraman las esporas y que al devorarlas, ellas mismas me devoran. Al comer soy comido. Al matar muero yo mismo. Luna, eres mi propio reflejo. Por ello el ente que trate de huir, hará destino del fatum como Edipo.

Lenta e irrefrenablemente, el éter nos disuelve como los jugos gástricos o los capilares del intestino. Hades es un meandro que se extiende por toda la tierra y su riqueza bulle en semillas que son devoradas. En cada una, la madre se entrega y yo mismo; un vórtice, un agujero, una singularidad; el ano y la vagina. Entiendo que la muerte no responda pues no está en ningún lugar; no hay ningún “afuera”, sólo la sublime maldad que derraman mis venas: “Yaco, Yaco, retiraos, amplio espacio dejad para el Dios: pues quiere el Dios erecto marchar por el medio. En tu honor celebramos esta Musa, al templo, entrando con tu pie de toro. Retrasa, retrasa la vejez, hermosa Afrodita Ambologera”.

Oct 252009
 

“Mi piel es tan blanca y dulce como la leche y la miel, cual luna engarzada en negra noche, mientras el agudo esplendor de mis dientes cae sobre su piel, para bañarlo con agujas incandescentes que serán estrellas de sudor y de placer. Mi carne, siempre mi carne ha sido blanca pero también fue amarga; tan amarga como la hiel”.

“Adoro cuando tus ojos se hunden en mi cuerpo desnudo. Adoro cuando tus dedos me acarician como si fuera un piano. Así entonces, quiero estar entre tus manos y perderme; quiero poseerte y que me poseas; quiero apropiarte definitivamente y que me devores, de manera tan devota e intensa, que podamos embarazarnos de una vez. Quiero que me tomes con toda tu fuerza y que me arrojes. Así, como tú mismo lo dices: al abismo, hacia fuera; escúlpeme como al papel, con esas palabras de semen que me llenan”.

“Tengo dolor, me quema el vientre. Tu flama arde como saliva de java. Tan grande eres que mi plenilunio oscurece. Dime Mantus, aquí, abierta como me tienes, ¿es que tengo que devorarte para que no te alejes? Bébe de mis senos y márchate conmigo entre los dientes. Déjame morir, permíteme ir y venir contigo. No te alejes, Hades, Mantus, no me dejes. Y si he de vivir, entonces muere; muere conmigo como lo haces, como lo que eres: eternamente mi amante, mi hijo y mi asesino. Eternamente… mi destino”.

Oct 252009
 

¿Mucho más que carne y sangre? ¿Hueso y piel? ¿Células, moléculas, partículas? Sí, mucho más que simplemente eso: somos mnemé; mnemé y lieb. Somos tiempo. Memoria y deseo, o lo que es igual: pasado y porvenir. El presente es sólo ese instante de confrontación o punto infinitesimal en el que ambos se reúnen en combate; dos piernas que al separarse exponen su oscuridad. Somos el punto, el ano o la vagina; ese clítoris que salta en cuanto se le estimula; vórtice hacia el cual todo propende y cuyo éxtasis es una orgía. Así es como somos, lo que somos y hablamos de un presente presentificante. No hay hueso ni piel que lo resista, ni carne o sangre que lo soporte: la memoria es la marca que deja el deseo al parir y de cuya marca se alimenta.

Así, la memoria y el pasado conjugan la existencia; el tiempo. Eros y Thanatos se enredan como una pareja de amantes y juntos conforman el hilo de la Moira; la hebra de plata que se nombra phycis y zoé, lo mismo que Perséfone. El presente es su vórtice, la singularidad del laberinto; madeja de profusas implicaciones que nos reúne en el santuario inferior; en la gruta, en torno a la vagina.

El falo de Eros es largo, tan profuso y firme como una roca volcánica. Asimismo corta y distiende la carne, alimentándose en tanto fecunda al útero con su oleaje disperso. De ella misma surge y vuelve, de su carne firme y afilada, pletórica en bordes, como son también los pezones o los dedos. Las curvas suaves de la piel reluciente semejan el magma. Observar los senderos y pendientes de un cuerpo desnudo, resulta en la misma o similar experiencia de ver, de sentir la lava o la cera derretida caer por entre las manos o la espalda; y desde ahí, descender hasta el vientre en seminal orgasmo. El deseo hace abrir las piernas y deja expuesto el útero al cielo. Así arde orgulloso ante los dioses que se complacen al sentirlo humedecer.

El frío es un aliento que arrasa y libera los fragmentos de la cópula, elevándolos para alcanzar distancias inhóspitas; sendas fértiles, sendas estériles, empero igualmente plenas de placer y de pena. ¿Cómo describir ese intento fraticida? Las piernas se elevan y revelan el hueco que se ahonda, abismándose como la tumba; como también lo es la boca, por cuya abertura se nutre y bebe una lengua bífida. Tal vez sea mejor dejarlo así expuesto; en sus más simples elementos. No sea que el sol, con su ardiente claridad, convierta en forma lo que por sí mismo es sólo flujo, semen, Eros.

¿Muerte? Ella sólo es memoria, pasado, ausencia y también fantasía. Regocijo será llegar a serlo y también olvido; pues éste es vida sin existencia. ¿Y la vida? ¿De qué vivir se trata? Tampoco sabes nada, ni yo, ni nadie, pues sólo es lieb, deseo, futuro y también fantasía. Nosotros, cada uno, somos esa fantasía; ese vórtice, ese cóito, ese hueco o volcán que eyacula en espectral orgasmo.

Oct 252009
 

Tengo hambre y deseos de enterrarte entre las arenas de mi carne. Anhelo el instante en que se hunda la pala de mis ansias para extraer tu mortaja y vestirla con el aroma de la saliva. Deseo arrancártela, mujer, a pedazos con mis dientes y que nuestros nudillos se aprieten. Deseo el sonido quejumbroso de tus piernas, que la madera se quiebre y sus goznes lloren; hasta la jugosa punta de tu lengua. Es de tí eso, lo primero que bebo y mi goce recibe el néctar que alimenta la sed de un asesino.

Tú me liberaste y yo hice lo mismo contigo: arranqué una a una las agujas de tu dolor; aquellas que te penetraban noche tras noche y día tras día. Suturé tu piel con el extraño sabor de la acacia y el litio, a veces con el ajenjo; otras más, con el semen de tus amantes de heroína. ¿Cuántas lágrimas de alcohol, querida? ¿Cuántas sonrisas de ácido lisérgico? ¿Cuántas? ¡¿Cuántas fueron tus lunas de youmbina?! ¿Cuántos hijos perdió tu vientre? Tanto sufrieron tus brazos que ni el periódico del mediodía pudo oscurecer el rastro de su regocijo. Vivías una frenética agonía y mientras tanto, yo sólo quería matarte, vida mía.

Ahora la obra termina, el telón desciende luego de 28 días. Ya puedo devorarte, luna nueva, niña de naftalina. El caldero de tu vientre arde en orgía. Silvestre como es, se llena de flores, mariposas y también por las moscas que crecen de tus huesos como las hortigas. Niña mía, finalmente eres una santa en la tierra bendita de tu sepulcro. Ahí donde millones descienden para adorarte, para devorarte y yo seré el último. Ya no puedo modelar tu cuerpo en arcilla, empero y antes que te evapores, habré de hacerte mía.

Que alimento tan fresco es la tierna hoja de laurel que derrama el cielo. Mi deseo es chuparla hasta que envejesca. Quiero succionar con un ritmo quedo, compás a medio tiempo pero que te devuelva en grumos de tormenta. No pude ser un buen padre, tampoco un buen amante, pero seré el jardinero de tu vientre hasta saturarlo de lirios salvajes. Me basta para ello sostener esta punta con mis labios y escuchar de nueva cuenta tu quejido; su eco, como el manantial de mil ríos que acompaña la semilla de tus pezones; un tímido beso y las hojas crujientes se convertirán en flores.

Así como ahora tus piernas: ramas silvestres, raíces o colúmnas de algún jónico templo, de cuyas bases ascenderán las enredaderas. Eloísa, ¿dónde está tu espalda? No la reconozco, sólo puedo sentir un manglar que enebra mis extremidades. ¿Y tus manos? ¿En dónde está la yema de tus dedos? ¿En dónde están las uñas? ¿En dónde dime… está tu corazón? Sólo hay ramas, sólo arbustos, sólo acacia, sólo dolor que se evapora tras la tormenta y te devuelve como niebla. Tales son los vapores con los que viajas hasta mi alcoba que puedo verte, hora tras hora y con el andar de tus brazos de serpiente que se ocultan de la aurora. ¿Dime, querida, en dónde estás?

¿Eloísa, cuál es la naturaleza de aquellos seres? Quiénes son los que aúllan al tocarte, al lamerte y por qué la luna, al elevarse por sobre los matorrales de tus palabras perdidas, arroja un nuevo vigor a la noche. El placer de tu cintura resplandece con el cauce del río. Enormes y fuertes alas se extienden a tus espaldas.  La sombra de tus pupilas acentúa la oscuridad de tus ojos de humo. Tu sóla presencia basta para liberar las entrañas con un grito: ¡es la hiedra! El cuerpo entero, el deseo extático deslumbra como el millón de ojos que cáen a tus pies delante de mi tumba. Cáen para luego ascender por la senda de los tobillos y  mecerse en la cuna de tus piernas bañadas por el rocío; vientre suave y un pubis que produce escalofrío.

Entonces, el masculleo emerge de tu rostro, rompe el espacio y la sonrisa despliega el brillo difuso de tus incisivos afilados.

–¿Quiéres mi falo? –me dices–, si no puedes verlo es porque no lo deseas.

Extraños vórtices de viento se forman a tu alrededor, someras luces que esplenden y desaparecen, haciendo saltar las gotas de sudor. Un temblor me paraliza: es el aroma a néctar de tu vagina.

–Yo soy tu deseo.

Al decirlo, los labios se abrieron para devorarme. Las alas me envolvieron con sus plumas bañadas en sangre. Largas y afiladas uñas cayeron sobre mi pecho y absorbieron mis pasiones como lo haría un colibrí; a través de los surcos por los que toman su curso las infinitas esperanzas. El pene, endurecido en ardorosa búsqueda de aquella guarida tibia y silenciosa, paraliza al caer sobre mi rostro el aliento frío de tu recuerdo. No hay lugar a dónde ir, ni deseo alguno que reprima las ansias de penetrarte. Sólo deseo que tus alas me opriman contra tus pechos y en un instante, puedan tus manos abrir  mi garganta.

–Penétrame –suplico al segundo en que mi lengua acoge tus pezones con desesperación.

Dos falos parecen enredárse haciendo un nudo que estrangula mi respiración. Luego se hunden y la carne exhala un poderoso vaho de plata que hace manar nueva sangre para beberla gota tras gota. Eloísa, has caer tus alas en torno mío, permíteme apoderarme de tu ano. Eloísa, flota contra mi pecho, de espaldas, as텠 con los senos envueltos por las nubes del cementerio. Eloísa, permite que mi semen ascienda y descienda dentro de tí. Antes de morder tu cuello, deja que mis manos opriman tus pezones erectos.

Un gemido profundo estremeció la atmósfera y las paredes de la cámara mortuoria, justo cuando tus manos cayeron contra las mías. El pene parecía ensancharse, la vagina se volvía más y más estrecha. Sólo un agudo y prolongado grito de dolor hizo anunció de la explosión. Violentas sacudidas se sucedían incontrolables una tras otra y hasta socavar la guarida de los ángeles que la rodeaban. El semen caía de sus dientes, empero el miembro no palideció, ni tampoco su deseo. Los dedos se hundieron, la lengua ascendió y lamió. La otra mano descendió para recoger la semilla.

–Yo soy tu deseo –escuché directo al oído y el cielo ardió con terrible fulgor, justo cuando cuando sus primeros rayos cayeron sobre la sepultura y cubrieron los huesos de la amante moribunda con telarañas profusas.